Etiqueta: Opinión Lugoslavia

  • Garra

    Garra

    Estimados amigos y vecinos, lucenses y lucensistas todos, si hay una discusión futbolística que he tenido mil veces, y que a buen seguro tendré mil veces más, esa es la del fútbol, como decirlo, la del fútbol de poder a poder, la del fútbol a pecho descubierto, la del fútbol jugado, como reza el título de este articulo, con garra. Mucho he debatido al respecto con amigos, colegas, parientes, compañeros de trabajo o a través de las redes sociales, siempre escuchando los mismos argumentos en contra de mi parecer: el control de la pelota es esencial, el tiki-taka es la sublimación del buen fútbol, hay que madurar las jugadas, la posesión es el fundamento de este deporte… y un largo etcétera de sentencias por el estilo, recogidas la mayoría de sabios del fútbol como Valdano, Cappa, Menotti, D`Alessandro, Bielsa y, en última instancia, el gran gurú de la posesión, Pep Guardiola. Además, con la irrupción de este último en los banquillos, tales sentencias se convirtieron en un mantra repetido mil veces como verdad única, absoluta e inmutable, hasta el punto de que el simple hecho de decir que no te gustaba ese estilo, tan respetable como cualquier otro, pero no más que ninguno, te ponía en primera línea de fuego como traidor a las esencias del balompié. Dicho de otro modo, mucho más prosaico, te acusaban de no tener ni puta idea.

    Se llegó a un punto, decía, en el que cualquier tipo de juego, estrategia o táctica que no se basase en sobar el balón, dar chorrocientos pases e intentar entrar con el balón en la portería era, en el acto, tachado de antifútbol. Si un equipo jugaba a la contra, antifútbol. Si un equipo se cerraba atrás, antifútbol. Si se pegaba desde fuera del área, antifútbol. Si se marcaba de corner, antifútbol. Y yo, que amo este deporte y disfruto del fútbol en todos sus aspectos, me desquiciaba e intentaba comprender por qué no apreciaba esa belleza que todos loaban en ese juego almibarado, denso, lento muchas veces, de la posesión estéril. La respuesta, amigos y vecinos, es que, para mi gusto, le faltaba pasión.

    Comenzaron a dar más importancia a los porcentajes de posesión que al propio marcador en sí, se contaban los pases como quien cuenta monedas de oro, y el gol pasó de ser el éxtasis a un incómodo checkpoint que había que pasar para que te diesen los puntos del partido. En un Rayo – Barça del año pasado, que los culés solventaron con goleada, se dio la estrambótica paradoja de que al Tata Martino le afearon, a pesar de la victoria, el hecho de haber perdido la posesión contra el Rayo ¡después de haber ganado 4-0! De locos.

    Viene todo esto a colación de lo sucedido el pasado sábado en el Anxo Carro. Vaya por delante que no pretendo comparar a los de Setién con el Barça, ni falta que hace, pero sí destacar que durante mucho tiempo en Lugo hemos estado venerando el estilo por encima del resultado, el juego por encima de la efectividad, cosa muy loable por parte de los rojiblancos, ojo, que intenten jugar al fútbol y no al patadón como vino a hacer el Leganés hace no tanto, pero que, seamos sinceros, algún que otro bostezo nos ha arrancado y algún gesto de desesperación también cuando veíamos esos rondos interminables sin tirar a puerta.

    El sábado pasado se ganó el partido frente a un rival de campanillas, un exPrimera que aspira a todo y que tiene una serie de jugadores extraordinarios. Y se ganó, principalmente, gracias a la garra de unos jugadores que, esta vez sí, no dieron por perdido el partido ni la fe en ningún momento, y razones tuvieron para ello, ya que encajaron en todos los momentos clave del partido. Pero si en otro partido bajarían los brazos, no hicieron tal cosa y se repusieron a cada mazazo: encajar un gol casi en el primer minuto, ver como les empataban al borde del descanso tras haber remontado y ver de nuevo como el Osasuna se ponía por delante. Pero el Lugo siempre se levantó. Y empató. Y ganó. Con garra.

    Disfruté como un loco viendo a todos los jugadores dejarse la piel en el campo, viendo como Manu, jugador y capitán generalmente exquisito y tranquilo se encaraba con Loties, con Cadamuro, con cualquiera que se le acercase. Disfruté viendo como el pequeño Peña, superado en estatura pero no en cojones por los rivales, se fajaba como nunca. Y grité como un loco con los goles de Pavón y Borja, titanes en área contraria. Con fe.

    ¿Y la afición? ¿Qué decir de nosotros mismos? Pues, chicos, que queréis que os diga, aunque seamos los 3.000 de siempre, el otro día gritamos como solo se grita cuando hay comunión total entre lo que pasa en el verde y lo que se siente en la grada. Con una fe similar a la del partido frente al Deportivo de la pasada temporada, llevando en volandas a los chavales que, a su vez, azuzaban nuestro ardor guerrero con su lucha en cada pelota, en cada contacto, en cada jugada. Personalmente, salí del partido como hay que salir de una grada: agotado, pero feliz.

    Porque todo eso solo se consigue cuando hay garra. Te puede gustar un estilo u otro, el toque o el contragolpe, el ataque o la defensa, pero amigo, cuando te toca la fibra sensible el ataque desbocado, la pelea a pecho descubierto, el instinto de “esto lo ganamos por huevos”, ahí es cuando se disfruta del verdadero fútbol. Del fútbol de las remontadas, de la pelea, del fútbol sin artificios, auténtico como un riff de guitarra rockera. Del fútbol, como os decía, de garra.

    Foto: Pedro Agrelo. Diario As.

  • La dura vida del 10 del Leganés

    La dura vida del 10 del Leganés

    Estimados amigos y vecinos, lucenses y lucensistas todos, heme aquí de nuevo ante vosotros, los que aún me aturáis y tenéis el tremendo valor de perder unos minutos de vuestra sin duda interesante existencia en leerme. Como me ha llegado rumores de que mi anterior entrada no sentó del todo bien a según quien, vaya por delante mis respetos, que no disculpas, a todos los que así se hayan sentido. No pido disculpas porque no voy a caer en la autocensura, que es la peor de las censuras, pero si que estoy dispuesto a debatir con cualquiera que piense distinto a mi e incluso, quién sabe, puede que hasta me convenza. Debatir es bueno.

    Me disperso como mantequilla untada sobre demasiado pan (Bilbo Bolsón dixit), así que voy a lo mío, que me pierdo. Hoy quiero hablaros, o escribiros, sobre una revelación que tuve el pasado domingo en el Anxo Carro mientras presenciaba desde mi localidad de abonado de Tribuna el partido de los nuestros frente al Leganés. Siempre me estoy quejando de cosas, razón por la que me llaman, acertadamente, hater. Sin embargo, como si de una epifanía se tratase, el pasado domingo me congracié con todos mis demonios interiores y mis dudas rojiblancas, y el culpable de todo eso, el instrumento que el dios del fútbol utilizó para limpiar mi alma lucensista de reprobaciones, fue Francisco Javier Moreno Jiménez, Fran Moreno para los amigos, el dorsal 10 del Leganés. Gloria para él.

    Estaba yo perdido en mis meditaciones interiores (ya sabéis, por qué no se le da una oportunidad a Dalmau en Liga, por qué Lolo Pla no es titular, por qué le anulan el gol a Luis Fernández…) cuando el portero pepinero, Quique Piña, hizo honor al apodo de su club y pegó un pepinazo a Fran Moreno, dorsal 10, mediapunta que frente al Lugo jugó de única referencia ofensiva del Leganés, que este luchó y perdió frente a Borja Gómez. A los dos minutos, otra pedrada en largo de un central para que el bueno de Fran Moreno intentase, sin éxito, bajarla. Al minuto y medio, otra, y así todo el partido, convertido el pobre Fran Moreno en objetivo de los boleones, porque a eso no se le podían llamar pases largos, que sus ¿compañeros? de equipo tenían a bien obsequiarle. Ni un balón al pie, ni un pase al hueco, ni siquiera un centro como mandan los cánones, sólo pedrada tras pedrada

    Y yo me pregunto, ¿qué no daría Fran Moreno por tener un centro medido de los de Ferreiro en su cabeza? ¿Cuánto no pagaría por un pase interior marca de la casa de Jonathan Valle o David López? Imaginaos que le ofrecen jugar en un equipo que apuesta por el ataque, como el Lugo, o ser entrenado por un “mister” amante del juego de ataque, buen trato a la pelota y calidad como Setién. A Fran Moreno se le harían las botas, y la boca, agua sólo de pensarlo.

    Y a lo mejor nosotros también tenemos que empezar a valorar un poco más lo que tenemos, a pesar de que, como dice mi abuela, “todos los días gallina amarga la cocina”. Y lo digo yo, que ya habéis visto en artículos anteriores que soy muy crítico con todo y todos. Pero en serio, paraos un momento y pensad en Fran Moreno peleándose todo el partido entre Borja y Pavón, perdiendo todas las batallas, reventado de perseguir balones a ninguna parte, y pensad en lo que sería ver algo así en nuestro Lugo. Como siempre le digo a mi amigo y compañero de Tribuna (omitimos los nombres para proteger a los inocentes), qué duro tiene que ser el ser aficionado del Numancia, o del Alcorcón. O, ahora añadiré, del Leganés.

    Y podéis dar por seguro que me seguiré cabreando cada vez que Luis Fernández fallé un gol, o cuando el equipo se aturulle y tenga esas posesiones estériles en mediocampo que no llevan a ningún lugar, o cuando a Setién se le ocurra sentar a Ferreiro con 0-0 (Quique, colega, ese cambio me mató…), pero también os aseguro que, de ahora en adelante, cuando quiera ciscarme en uno de los nuestros porque haga algo mal, intentaré tranquilizarme, contar hasta tres y, sobre todo, pensar en la dura vida del 10 del Leganés. Y disfrutaré un poco más de lo que, por suerte, tenemos en el Lugo.

    PD: Abonaos, cojones, que tenemos un equipo que no lo merecemos.

    Foto: Óscar Cela.

  • Mojabragas

    Mojabragas

    Estimados amigos y vecinos, lucenses y lucensistas todos, hoy voy a intentar ser lo más claro posible con el fin de evitar mosqueos y enfados. Y lo voy a hacer porque soy consciente de que lo que voy a ir escribiendo a continuación va a molestar, de forma más o menos justa, a más de uno, a pesar de que esa no sea, ni mucho menos, mi intención. No obstante, también he de adelantar que todo lo que voy a decir a continuación lo creo firmemente y lo escribo como una crítica constructiva. Dicho en corto y por derecho: no quiero ofender pero el que se pica ajos come. Vamos al lío.

    Comencemos explicando al lector despistado el significado del término “mojabragas”. Este concepto, nacido en su aplicación estrictamente futbolística (de las otras acepciones no me hago cargo) en el entorno de blogs y foros de tan rancio abolengo como ForoACB o Forocoches, hace referencia explícita a aquellos aficionados que, de un modo irracional y totalmente acrítico, ensalzan a jugadores determinados o al propio club por encima de las actuaciones reales del mismo. En otras palabras, y poniendo ejemplos, aquellos que hablan del juego del Lugo como el del Brasil de los 70 o ven en Manu (sigue siendo un ejemplo) al mejor Roberto Carlos, y ay de ti si intentas rebatir su opinión, ya que automáticamente pasas a ser anti, hater y mil cosas más. Y además no tienes ni puta idea de nada.

    Una vez claro el concepto (el ‘conceto’ es el ‘conceto’), me explayo en la idea. Y lo hago porque entre la afición lucense siempre hemos sido especialmente proclives (y me incluyo) a cierto grado de ‘mojabraguismo’. No es fácil abstraerse de ello, todo hay que decirlo. ¿Cómo no perjurar que el Lugo es el equipo que mejor juega si estamos disfrutando de su edad dorada? ¿Quién se resiste a comparar a Pita con Xabi Alonso, Busquets o Kroos si es uno de los más adorados “héroes del Carranza»? ¿Quién señalará los errores de Manu si marcó el penalti del ascenso? ¿Y de Setién, quien osará toserle si nos rescató del pozo del fútbol amateur y nos hizo soñar? ¿Y Mouriz, y Bouso, y el propio Club Deportivo Lugo? ¿Cómo criticarlos?

    Y precisamente porque les queremos, a todos ellos, hay que señalar lo que hacen mal. A los jugadores, al mister, a Mouriz y a Bouso. Al club. Porque, y esto ya lo dije por aquí más de una vez, el halago continuo, sobre todo si no es merecido, debilita. Tras la derrota en Las Palmas, este humilde socio ha tenido que leer y escuchar autenticas sandeces fuera de lugar. En un partido flojísimo de los nuestros, con una debilidad defensiva tremenda y una actitud de brazos caídos general (salvo Ferreiro y José Juan), se han escuchado cosas como que el equipo “hizo un buen partido”, “se perdió por mala suerte” e incluso juro que uno de esos ‘líderes de opinión’ que tanto abundan se atrevió a afirmar en redes sociales que “el equipo había merecido más”. Con dos pelotas.

    Dice mi amigo y compañero de web Ramón que algo de culpa de ciertas actitudes conformistas, como la del final de la temporada pasada, la tenemos los propios aficionados, ya que ni presionamos en busca de cotas mayores ni exigimos nada, y creo que no le falta razón. Cerramos la temporada pasada teniendo que jugarnos la permanencia en la última jornada (ciertamente con menos riesgo que otros, pero con riesgo a fin de cuentas) tras una serie de partidos sin tensión, sin ganas y sin físico. No seré yo el que le pida a este equipo el ascenso ni la promoción, pero si que, dentro de sus posibilidades, se dejen la piel en cada partido. Que ese orgullo que sentimos por ellos se justifique. Que seamos, en definitiva, mojabragas con sentido.

    Porque, ¿cuál es el límite de exigencia que podemos aplicar a nuestro Lugo? Repito, ni el ascenso ni la promoción. Con la permanencia nos podemos dar con un canto en los dientes. Sea como sea, de lo que estoy seguro es de que la exigencia debe estar por encima de lo visto en la segunda parte del partido del pasado domingo. Y decir eso no puede ser en ningún caso motivo de excomunión, al igual que no puede serlo el decir que Pita en el minuto 50 estaba con la lengua de fuera, o que la espalda de Manu a veces parece la A6, o que Pavón es blando o que Luis Fernández no tiene gol. Son nuestros chicos, nuestros gladiadores, pero no queramos convertirlos en nuestros dioses, ni convertirlos en intocables.

    Este club, y esto también lo dije ya hace tiempo en esta misma tribuna, está ante una oportunidad única para asentarse con los mejores. Se están haciendo muchas cosas bien, pero no se logrará desde la autocomplacencia. La exigencia debe ser el motor de la institución, desde la afición a la directiva. Una pitada (no la estoy pidiendo, ojo) nunca viene mal, al igual que hace Setién cuando sienta a algún jugador en el banquillo tras una mala actuación. Lo de Las Palmas ha sido un traspiés sin más, estoy seguro, una mala noche, y no estamos ni mucho menos en una mala situación, pero que sirva de aviso. No hay intocables, todo es mejorable. Más exigencia y menos mojabragas.

    (Se recomienda releer con “Parece que aún fue ayer”, de Los Suaves, de fondo)

    Foto: Agencia LOF