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La «chusma malvada» y el CD Lugo

por Colaboración 1 enero, 2022
Silla rota de Preferencia en el Anxo Carro desde 20/01/2018
Tiempo de lectura: 5 minutos

Artículo de opinión CD Lugo publicado originalmente en SamuelsonLugo

Por Metal Samuelson

Escribió el historiador Michael Burleigh que la mayoría de nuestro vocabulario político está moldeado por la Antigüedad clásica, que nos legó términos como democracia, despotismo, dictadura y tiranía, pero que, de vez en cuando, esas palabras parecían insuficientes para describir ciertos acontecimientos nuevos y polémicos, lo que impulsó a buscar nuevos términos, a veces en vano.

Es lo que ocurrió con los totalitarismos. Aunque la parte «ismo» del término no resulte atractiva, lo de «total» capta con gran intensidad el carácter insaciable e intrusivo de esta forma de política que enfoca con un odio ciego al individuo, la libertad, la sociedad civil autónoma y la soberanía de la ley.

A diferencia de las dictaduras tradicionales que se apartaban solamente un paso de la democracia, los regímenes totalitarios se apartaban dos. La visión más convincente de una sociedad totalitaria desarrollada tal vez sea la de 1984, la gran novela intimidatoria de George Orwell.

El libro, un aviso a los intelectuales burgueses que coqueteaban con el totalitarismo, se ejemplifica en la historia de O’Brien, el interrogador amoral para el que poder y religión eran lo mismo, y para quién el cuadro del futuro es una bota pateando un rostro humano…, eternamente.

Posteriormente, Hanna Arendt también escribió sobre ello a finales de la década de los cuarenta, pasando de los bòers de Sudáfrica, a Lawrence de Arabia y la burocracia imperial inglesa, y, finalmente, al totalitarismo soviético y alemán. Arendt comprendió la importancia básica de la soberanía de la ley para las sociedades libres y que, en los totalitarismos, la necesidad de alarmas y enemigos constantes en esta economía del terror, garantizaba su inflación en la práctica.

Bombo del C.S. Lebowski, equipo auto-organizado de Florencia.

Sectores de las élites y las masas de gente normal y corriente decidieron renunciar a sus facultades críticas individuales en favor de una política basada en la fe, la esperanza, el odio y una autoestima sentimental colectiva de su propia raza y nación.

Estas masas, estimuladas por sectores irresponsables y egoístas de la élite, a los que el filósofo de la historia Eric Voegelin calificó memorablemente una vez como «una chusma malvada», arremetieron contra la caridad, la razón y el escepticismo, depositando su fe en personajes ridículos que prometían un gran salto hacia un futuro heroico.

Con soluciones violentas a los problemas locales y generales de la sociedad moderna, y cuya propia existencia miserable adquirió sentido cuando descubrieron que su rabia contra el mundo era susceptible de una generalización indefinida. Una historia muy del siglo XX.

Existió en tiempos pretéritos un estrecho vínculo entre los regímenes totalitarios y el balompié. Llegó a la pituitaria de los tiranos la querencia del hombre de pertenecer a un grupo que lo redimiese del peso individual, y, en consecuencia, utilizaron este deporte con fines espurios.

El totalitarismo de las SAD y el CD Lugo

Efectuando un gran salto en el tiempo, y dejados atrás los tiempos oscuros del siglo pasado, un suceso acaecido en España a finales del mismo condujo también a una forma de totalitarismo. La entrada en vigor de la Ley del Deporte, que obligó a la mayoría de los clubes a convertirse en sociedades anónimas.

La deuda con las administraciones era colosal, y el gobierno socialista de entonces implantó un novedoso modelo jurídico-económico. El resultado, años después, podría calificarse como terrible. Los aficionados vieron, indefensos, cómo sus equipos dejaban de pertenecerles para quedar en manos de -así se les vendió- «buenos gestores» que recompondrían el desaguisado.

Derechos de los que antaño presumían se volatilizaron como si nunca hubiesen existido. El hincha devino en un mero pagador de abono anual. Cuando la gestión económico-deportiva es medianamente óptima, en principio todo puede discurrir por cauces tranquilos, pero cuando la administración patina y el dirigente de turno bunkeriza el club, despeñarse barranco abajo es, a la larga, inevitable, y el aficionado asiste a ello desde primera fila sin protestar y, a veces, empapándose.

«El club es nuestro y podemos hacer lo que queramos», exteriorizan y afirman los máximos accionistas de las sociedades deportivas y el CD Lugo no es una excepción

En definitiva, los propietarios, con la capacidad crítica del pagador de abono anestesiada, manejan todo caprichosamente, y éste lo asume, por su poco o nulo margen al respecto. Como afirmó hace unos meses Kim Lim sobre el Valencia C.F., y qué duda cabe de que es exactamente así, «el club es nuestro y podemos hacer lo que queramos».

El CD Lugo no es una excepción. El (¿) nuestro (?) es un club en el que a diario se nos vende que la afición es el motor (el lema de la última campaña de abonados es «Sempre Xuntos»), pero no se demuestra con hechos. Sin embargo, aunque duela decirlo, mucha culpa la tenemos los propios aficionados, abonados y accionistas, que nos mostramos adormecidos cuando se adoptan decisiones harto injustas, por no utilizar otro calificativo.

Cartel promocional de la campaña de socios de invierno de la pasada temporada.

Como, por ejemplo, la del lacerante cese del técnico Mehdi Nafti la temporada pasada. Nada parece inquietarnos en un club en el que se cambia de técnico cada 14 encuentros. Como tampoco nos inquieta lo más mínimo la junta de accionistas anual, a la que nadie asiste ni alza la voz, siquiera para apuntar que el asiento de un Samuelson está suelto desde hace cuatro años (ver imagen que encabeza el artículo), o que una cisterna de los WC de preferencia vierte, y a cuyo término se levanta por el notario de rigor un acta que es igual a la precedente, salvo por la fecha.

Vivimos en un mundo en el que la participación en los comicios en las democracias occidentales bate récords negativos cada año, así como la afiliación a todo lo afiliable, y ello no es sino el síntoma de un imparable deterioro de los tejidos grupales.

Nos movemos hacia unas clases dirigentes cada vez más profesionalizadas, al modo de un régimen de poder privatizado, y el ciudadano pecha con ello mientras su capacidad para consumir, su seguridad y su conexión a internet no se vean amenazadas, por lo que no debe sorprendernos que ello se traslade también al fútbol, aunque hay excepciones.

El futbolista Borja Valero se retiró el pasado verano en la Fiorentina, y, por un casual, acabó fichando por el club Centro Storico Lebowski, equipo de la sexta categoría del Calcio que, tomando como modelo el personaje que todos conocemos -un tipo cuya felicidad reside en jugar a los bolos con sus amigos-, resulta ser propiedad colectiva de sus simpatizantes.

Un ensayo de autogestión y pertenencia popular de acciones de fútbol horizontal, y con el que unos benditos chiflados, amantes de la pureza futbolística, trataron de desmarcarse del presidente rico que somete al club a sus taradeces.

Un club constituido por hinchas para hinchas, y en el que todos tienen voz y voto respecto de cualquier decisión, hasta la más trivial. Su lema es «El Lebowski se rompe, pero no se dobla». Porque, si la democracia, según la memorable definición de Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburg, es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ¿acaso un club de fútbol no debería ser de los hinchas, por los hinchas, y para los hinchas? ¿Quién podría oponerse a algo así?

Imagen principal: Silla rota de Preferencia en el Anxo Carro desde 20/01/2018

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