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Quien por grand cobdiçia de aver se aventura, será maravilla que el bien muchol dura

por Colaboración 18 mayo, 2019

Por José Ricardo Carrete Montaña

La frase que encabeza este artículo corresponde a las palabras con las que Don Juan Manuel cierra y resume el enxiemplo XXXVIII del Conde Lucanor, en el que cuenta la historia de un hombre que transportaba muchas piedras preciosas y se encontró en el camino con un río que tenía que vadear. Como no quería desprenderse de sus pertenencias, se lanzó al agua con todas ellas y acabó perdiendo la vida y toda la mercancía que llevaba.

Sirva este ejemplo para ilustrar la valoración que se pretende hacer en estas líneas que la actuación de la directiva del Club Deportivo Lugo ha llevado a cabo con la declaración de Día del Club. Como es sabido, esta medida implica, de cara al próximo partido, un aumento de precios tanto para los abonados como para aquellos que, como un servidor, se están iniciando en el seguimiento activo de la entidad y de su actualidad.

Las decisiones tomadas con la Junta Directiva, en lo referente a la contratación y despido de personal (jugadores, entrenadores, directores deportivos…) se han defendido siempre como pasos para consolidar a la entidad en Segunda División e incluso acercarse a Primera División. La polémica de estas decisiones ha estado siempre en que varias de ellas se han tomado en contra de los intereses de la estabilidad, buscando un ascenso rápido y seguramente fuera de nuestras posibilidades. Se puede ejemplificar esto en las caídas de Quique Setién o Carlos Mouriz, personas a las que se consideró agotadas por el desgaste de los años por encima del proyecto que habían construido durante su estancia en la entidad lucense.

Sin embargo, en estas líneas se defenderá la idea de que todas las decisiones del presidente se han tomado teniendo como criterio que el poder no huyese del palco central del estadio. Es decir, la prioridad de la junta directiva es poder presumir de haber tomado las medidas que se muestran ganadoras, aunque ello perjudique al equipo en su rendimiento deportivo o su imagen institucional. El resultado de esta actitud ha sido prescindir, paradójicamente, de aquellas personas que desde otros estamentos del Club Deportivo Lugo contribuían al crecimiento de la entidad.

Centrando la vista en la decisión del Día del Club, se nos puede responder que, en el fútbol de hoy en día, la importancia del aficionado que va al estadio es un viejo cliché y que los temas presupuestarios (televisión, patrocinadores) son los que dictaminan el discurrir de cualquier entidad. Desde esta postura utilitarista, declarar el Día del Club supone conseguir una inyección económica de cara a la planificación de la siguiente temporada, sea para reforzarse en Segunda División o recuperar la categoría sin sufrir el desgaste natural de la Segunda B.

Sin embargo, conviene recordar a los gurús económicos y a los presidentes presidencialistas que los abonados y aficionados son el pilar constituyente de cualquier club desde lo económico. Dos razones soportan esta tesis. En primer lugar, el aficionado que va a al estadio, y más en un club modesto como el nuestro, es el principal candidato a involucrarse económicamente con el club a través de la asistencia, la compra de productos y, especialmente, la captación de nuevos aficionados activos. Por otra parte, la existencia de una afición numerosa y fiel en el estadio es un indicador para que otros puedan percibir la fortaleza del club e interesarse de él, generando nuevas oportunidades de negocio y crecimiento. Así lo indican los esfuerzos “leoninos” de otras entidades lucenses.

Por tanto, la estrategia de reforzar el poder del club y, por ende, el de la Junta Directiva, atacando a la afición es una decisión contraproducente, no solo desde lo emocional sino también desde lo económico. Con decisiones así, lo único que consigue es perjudicar la imagen y la capacidad del club para atraer nuevas inversiones externas. Al igual que el mercader de Don Juan Manuel, la incapacidad de algunos para desprenderse de lo que consideran sus piedras preciosas (el dinero, la fama o el orgullo de decir que hicieron lo correcto) solo lleva a que el cuerpo, el club, sean arrastrados por el río y todo se echa a perder.

Como conclusión, solicitamos que aquellos que guían los destinos de la nave lucense reflexionen sobre qué es lo que se puede llevar con uno y qué es prescindible para poder completar con éxito la travesía.

Foto principal: Alberto López.

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