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¡Que escándalo, aquí se juega!

por Daniel Martínez Baniela 8 enero, 2019

Pongámonos en situación. Casablanca, Segunda Guerra Mundial. Rick Blaine es un estadounidense que tras escapar del París invadido por los nazis regenta un popular pub en la ciudad marroquí. En su negocio se escucha música, se bebe y se juega. Entre la variopinta clientela se encuentra el capitán de gendarmes Renault, tolerante con los vicios que se llevan a cabo en el local de Rick siempre y cuando se lleve su parte del pastel. En un momento dado de la película (efectivamente, estamos hablando de esa obra maestra que es Casablanca, con Bogart y Bergman), el susodicho capitán Renault, apurado por las circunstancias, entona en medio del pub un tonante “¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!”, a la vez que recoge sus ganancias en la ruleta. Un ejercicio de cinismo evidente y cómico de alguien que ha aceptado cohechos constantemente pero que ahora ha de guardar las formas.

Este pasaje es uno de mis favoritos de la película, que esconde un buen número de momentos graciosos que hacen más llevadera la sensación de derrotismo que derrocha el film (huidas, amor imposible, destino cruel…). Y es precisamente la parte que se me vino a la cabeza el domingo tras el heroico empate del CD Lugo en Riazor, cuando comenzó a rodar la acusación-excusa-pataleo de que los albivermellos habían perdido mucho tiempo en los últimos tramos del partido, cuando se vieron con diez y ya de modo postrero con nueve sobre el tapete coruñés.

Poco a poco, la bola fue creciendo. A unos cuantos aficionados por redes sociales se unió Natxo González en rueda de prensa, Pablo Marí al día siguiente y hasta Augusto César Lendoiro, expresidente blanquiazul, que se descolgó pidiendo que al fútbol se jugase con reloj parado como en el baloncesto, peregrina idea impropia de alguien a quien sus adeptos califican como “el que más sabe de fútbol”. De todos ellos se desprendía la misma idea, expuesta con más o menos virulencia: el Lugo sacó un punto porque perdió mucho tiempo y eso no se puede permitir y blablablá.

Resulta harto curiosa esta nueva acepción del fútbol en el que parece que nadie, nunca, ha perdido tiempo sobre el verde. Seguro que usted, estimado lector, recuerda mil partidos en los que un equipo pierde tiempo cuando el juego se torna apretado. Seguramente incluso en algún momento recuerda ver al Deportivo perder tiempo, y créame si le digo que más pronto que tarde lo volverá a ver, porque estamos hablando de fútbol, y en el fútbol estas cosas pasan. Se entiende cuando lo hacen los tuyos y jode cuando se lo hacen a los tuyos, pero es lo que hay.

Por eso precisamente llama la atención el coro de plañideras que de repente se rasgan las vestiduras porque el Lugo, con diez primero y nueve al final, perdió tiempo en el campo de uno de los equipos más poderosos de la categoría, sino el que más, aguantando un resultado que le aseguraba un punto y achicando agua como descosidos. Se perdió tiempo, sí, posiblemente de la misma manera que el Deportivo lo perdió en mil partidos en los que se enfrentaba a un Madrid, a un Barcelona, a un Atlético (bueno, aquí tenemos la certeza de que pasó, con declaraciones de Garitano explicándolo como algo normal incluidas) o a cualquier equipo que le apretaba y que ponía en riesgo el botín de puntos de cada momento. Cosas de fútbol, repito.

Esto me hace pensar que el Deportivo, como el Málaga o la UD Las Palmas o cualquier equipo que cae en Segunda después de un tiempo más o menos prolongado en Primera, le afecta lo que llamaremos “síndrome de la cabeza de ratón”. Cuando un equipo en Primera es cola de león, automáticamente con el descenso de categoría se convierte en cabeza de ratón. Se da oír hecho el ascenso, las goleadas sin par, las victorias inapelables y, claro, luego llega el tío Paco con la rebaja. Y eso que el Deportivo está teniendo una trayectoria ejemplar esta temporada, inaccesible en su casa y tercero en la clasificación. Pero claro, llegan los 3500 del Anxo Carro, sin títulos y con un campo pequeñito y lo contrapones a los seis títulos, a Riazor y a los 20.000 abonados (como se apresuró a enumerar un colega de A Coruña), y quién puede pensar que se te vaya a atragantar el bocado. Y va y se atraganta. Y encima pierden tiempo. ¿Habráse visto?

Al final, la pataleta de algunos aficionados del Deportivo (no todos, ojo, también ha habido muchos que se han expresado críticos con su equipo antes que con el nuestro) es la pataleta del grande al que se le atraviesa el hueso de un humilde. Es entendible. Lo hizo infinitas veces Xavi Hernández, el arquitecto en el campo del mejor Barça de la historia, echándole la culpa al césped de tal o cual estadio cuando veían mal dadas. Lo hizo Zidane en algún momento cuando se le cerraban los rivales como ostras, y lo hace Guardiola de cuando en vez con su City. El Deportivo ahora ya no es el equipo humilde de Primera, sino el transatlántico de Segunda, y eso le hace tomar otras vestiduras y quejarse por cosas que antaño practicó, como cualquiera, sin rubor. Y ahora tiene que exclamar “¡qué escándalo, aquí se pierde tiempo!” como si nunca tal cosa viese. No pasa nada, podemos soportarlo.

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