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Diario de Héroes II. Manu está que no mea

por Denís Iglesias 27 diciembre, 2018
Lee el primer capítulo de Diario de Héroes: la prima de Belencoso. 

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¿Cómo describir con palabras ese momento? Primero, un enorme barullo. Silbidos como cuchillas clavándose en el tímpano. Un golpe seco. Como una puñalada en un callejón en invierno. Un trazo cutáneo tan limpio que deja un hilo de sangre que recorre un curso regular. Entonces, un profundo silencio, previo al ardor en la garganta que nos llevó a gritar por encima del umbral del dolor. ¡Gol, joder, gol! ¡Manu de mi vida, lo has conseguido! El capitán del CD Lugo mantuvo el temple después de toda una temporada, de una prórroga y de los fallos de algunos compañeros. Un recuerdo para la historia que permitió a aquella irrepetible plantilla cumplir el sueño de toda una ciudad. La misma que sólo había visto en Segunda a su equipo un curso. 

Antes… Un camino hacia la gloria con las puertas abiertas de par en par. Un tren lleno de personas vestidas de amarillo echando carbón en la locomotora. Mucho calor. Y en el medio de la vía un hombre con un único escudo: sus manos. Blancas como la seda. Con una gorra medio de lado, Cases, haciendo sonar la bocina. ¡Apártese, que este partido y estos raíles son nuestros! Cada vez más rápido. Sin control. No contó con que los guantes de Miguel Escalona eran más duros que el cemento. Parada firme y a confiar en un destino en esa ocasión no quiso acompañarlos. El azar ya se había vestido con la camiseta albivermella.

Dos momentos inspirados en la épica sin los que no se entendería el actual presente de esta modesta pero obstinada entidad. Seguro que si te preguntan cómo recuerdas esa parada y ese gol les pondrías adjetivos diferentes. Pero seguro que te invaden las mismas sensaciones que a nosotros. Calambres y lloros que nos sacaron de cama un día de un salto. Acto seguido estábamos rumbo a Asturias para entrevistar a Félix Quero, el primero de los #DocuHéroes con los que recordamos unos instantes que decoran nuestro corcho, inundan nuestros archivadores pero, sobre todo, colonizan los malos momentos para convertirlos en un discurso positivo.

Después del penalti, y con el cadáver de Aulestia y sus compañeros frescos, Manu corrió hacia todas las direcciones que le dejaron. Hacia Lugo, Ourense, Monforte, Viveiro y cualquier punto de la civilización en el que habitaba un corazón albivermello. Pero entonces llegó la puta burocracia. Para ella sí que tenemos una definición exacta y objetivo. “¡Ey! Ustedes dos. Sí, los que van de Héroes, pasen por aquí, que tenemos un bonito frasco que tienen que llenar de meo”. No me jodas… Como en aquel episodio de Las 12 Pruebas de Asterix y Obélix, Manu y Escalona tuvieron que enfrentarse al tedioso formulario del control antidopaje.

El logroñés lleno el vaso antes. Quizás el sudor del rival fue isotónico para el. Pero el Eterno Capitán estaba que no meaba. En todos los sentidos. Pero en el del orín más. Mientras, nosotros estábamos que no cagábamos con lo sucedido. Cuestión de fluidos e influencias. Seguramente los dos protagonistas dieron positivo en adrenalina o dopamina. En alegría desbordada. En lucensismo. Aunque alguno en el Carranza todavía se aferraba a que eso había sido un mal sueño y que pese al 3-1 a favor, esa tanda de penaltis había estado precedida de un reparto de sustancias ilegales. Un abrazo y una conjura tan puros como el cristal del Dr. Heisenberg en Breaking Bad. Mouriz contaba cada céntimo y entre las partidas seguro que no estaba ni un Diazepam. 

Manu no meaba. Ni aún pensando en los chorros del champán que se descorchaba en el hotel de celebración. Mientras sus compañeros cataban todo tipo de licores y ensayaban como barítonos el Eterno Capitán apretaba las piernas y la vejiga para exprimirse. “No era capaz, de verdad que no me salía”, nos contó en la entrevista que le hicimos en Elche, otro equipo con el también consiguió el ascenso a Segunda, a pesar de que algunos le llevaban recetando la jubilación desde hace años. Horas después, su organismo, cansado de ser vapuleado por emociones, evacuó al final su agüita amarilla, cálida y tibia. La que pasa por debajo de tu lugar de trabajo. Y después llegaron las más de 40 cervezas y el echarse a reír Merecidas.

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