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“Unos tíos cojonudos”, por Borja Refojos (@BorjaRefojos)

por Lugoslavia 18 febrero, 2016
Tiempo de lectura: 3 minutos

“Adaptarse, improvisar, vencer”. Clint Eastwood instruye a sus chicos de la sección de reconocimiento con esta frase en El sargento de hierro (si no la visteis, estáis tardando) después de dispararles con una AK-47. “Es el arma preferida del enemigo y emite un sonido característico”. El fulano no tiene escrúpulos y pone de verano a los chavales en una instrucción tan cruda como divertida.

Este rodeo para hablar sobre el protagonista de tamaña obra de arte parece no tener nada que ver con Luis Milla. Comparar un tipo duro, que come alambre de espinas y mea napalm, con el educado míster del Lugo, es una temeridad. Cuesta imaginar al técnico turolense diciéndole a su plantilla que ha bebido más cerveza, que ha meado más sangre y que ha echado más polvos que todos ellos juntos, o inventando nombres tipo De Cozjones, Igor Maricónez, Campolla o Pau Circuncidrós. Claro que no.

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Pero hay algo en lo que el respetuoso y contenido Milla y el cabrón sin escrúpulos del sargento Highway se parecen: en la primera frase de este texto, “adaptarse, improvisar, vencer”. El entrenador aragonés entró en la muralla decidido a dar continuidad al legado de Setién. Aparecía como el prolongador del fútbol de toque y posesión que maravilló a la parroquia en los últimos años y que encumbró al preparador cántabro a la categoría de mito albivermello. Su desempeño en la selección española sub-21 respondía a ese registro y la idea en Lugo era seguir creciendo en ese sentido. Club y técnico, ambos de la mano.

Pero en fútbol, dos más dos no siempre son cuatro. Ya fuera por la idea preconcebida que traía Milla o por los automatismos adquiridos por el equipo en la etapa de Setién, el Lugo apostó por la posesión en las primeras jornadas. La cosa fue tirando, pero el devenir de los partidos modificó la fisionomía del equipo hacia un modelo de robustez atrás, basado en el poderío defensivo, con José Juan y Hernández como puntales, y en las transiciones rápidas para la profundidad de Ferreiro, Iriome o Jonathan Pereira.

El debate está claro: ¿hasta qué punto es necesario salvaguardar el estilo? Probablemente, la diferencia de rendimiento en casa y fuera se deba a esto. Lejos del Anxo Carro, los jugadores no tienen esa necesidad imperiosa de hacer un fútbol brillante, lo que repercute positivamente en su rendimiento. En Almería se vio un equipo maduro, seguro de sí mismo, con una idea muy clara de cómo hacer daño a su rival. Los hombres de Milla aguantaron bien atrás en el primer tiempo, sin apenas conceder ocasiones. En el segundo, aprovecharon la precipitación y la ansiedad de un equipo desesperado por su situación clasificatoria para matarlo. El juego no fue vistoso, ni mucho menos, pero desde luego sí muy efectivo.

Y es aquí cuando vuelve el malnacido del Sargento de Artillería Highway a escena. Igual que él hizo con sus muchachos —aunque con otros métodos, espero— Milla ha sabido hacer que los suyos se adapten, que improvisen, que venzan. A golpe de febrero, el equipo tiene a tiro el objetivo principal, la permanencia, y no ha perdido comba con los puestos de play-off, que se quedan a tan solo tres puntos. Todo ello después de atravesar un bache de resultados —no ganaban desde el 9 de enero— que podría haberlos descolgado mucho más. La realidad es que, a poco que se recuperen sensaciones, no es una locura pensar en meterse en play-off. La victoria en Almería precede a un calendario complicado, pero si el Lugo es capaz de sacar un buen puñado de puntos ante estos gallos que le esperan, el sueño estará muy vivo. Y será entonces cuando Milla, igual que hizo el Sargento de hierro con su sección de reconocimiento, pueda decir bien alto que tanto él como sus futbolistas son “unos tíos cojonudos”.

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