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Be like Mirandés

por Denís Iglesias 8 febrero, 2016
Tiempo de lectura: 4 minutos

Carlos Terrazas es un señor con gabardina. De Bilbao. Vive del, por y para el fútbol. Se nota desde su canosa cabellera hasta la gabardina que no abandonaría ni aunque tuviera que entrenar en el trópico. El enterrador, Terrajas, Cerrojos o El Chantre (no confundir con nuestro Adrián), apodos que le han caído a lo largo de su carrera, se ha convertido en uno de los entrenadores de culto en Segunda. No el mejor, pero sí identificable por su estilo. Ha hecho del Mirandés un equipo que evita los bailes, las carantoñas o cualquier atisbo del juego perfumado de toque.

Es la infinita evolución de un equipo que otrora no pasaba de ser un grupo de amigos y que ahora es uno de los equipos importantes de Segunda División. Y todo gracias a ser un núcleo humano que compite y tiene actitud.

Estos dos parámetros no los encontrarás en los skills de ningún videojuego, ni aparecen en los manuales de entrenador, pero son claves para ganar puntos. Con este binomio el Mirandés dio una lección de sensatez y juego ordenado a un Lugo sin alma, mermado de carácter y que acabó llevándose una abultada goleada. El equipo de Miranda de Ebro construyó el triunfo en el último tramo del encuentro, tras encajar el empate. Tuvo capacidad de reacción.

El equipo de Terrazas es el perfecto ejemplo en el que debe mirarse el club de la ciudad amurallada. Ambos equipos llevan el mismo número de temporadas consecutivas en Segunda División. Les tocó la calamitosa tarea de convertirse en Sociedad Anónima Deportiva en los mismos plazos. Son modestos y viven una realidad en la que nunca antes se habían visto. Y sobre todo, tienen los pies en el suelo.

Working class

Por calidad e individualmente, el Lugo tiene más quilates, pero mal pulidos y encajados en los últimos tiempos. La experiencia saca lo mejor de Terrazas, al que muchos tachan de picapedrero obviando que la Segunda División es una categoría en la que hace falta piolet y pala; no chapa y pintura.

El Mirandés hace de lo sencillo un mágico tratado de fútbol. No especula. Cualquiera balón peligroso es despejado con fiereza hacia los costados, sin conceder dobles opciones. Trabajan en bloque. Defienden con ayudas. Y si alguno se despista, un grito de Terrazas desde la banda hace que espabile si quiere jugar el próximo partido.

Son la working class futbolística con sentido de clase, algo que el Lugo ha ido perdiendo a lo largo de las semanas. Luis Milla ha ido experimentando con diferentes sistemas durante esta temporada. Desde el 1-4-4-2 hasta el 1-4-3-3. La volatilidad del uso despista.

Uno cree (todavía) en la capacidad de un jugador que ha estado en la primera línea del fútbol sin resultar un invitado extraño, pero el equipo todavía no adquirido una forma de actuar. Pasa del gozo absoluto de las combinaciones arriba al desparrame defensivo. Ningún jugador parece fijo en su posición y los menos activos como Israel Puerto aportan cero confianza, por lo menos a estas alturas.

Y la escuadra transita en un estado de ánimo inestable. No hay un termómetro que regule la temperatura. Se busca el acierto pero no se evita el error. Frente al Mirandés se vio a un Pau Cendrós taciturno, mirando al suelo en más de una ocasión. A su lado, un lánguido conjunto defensivo que se deshizo con los cambios. Arriba, un perseguido Pablo Caballero, que se peleó contra el mundo mientras Jonathan Pereira se envolvía en sus propios caracoleos.

Una sola voz

Por la banda un Ferreiro hiperactivo pero que seleccionó mal las opciones hasta el magnífico pase que le puso a Iriome, que volvió a la senda de gol sin dejar de lado su estado de forma. Pero tiene que estar. Es un titán en la sombra.

Se pudo empatar e incluso ganar con un trasplante de sangre a las venas de un equipo talentoso pero sin orden. Pacífico en exceso, que llega blando a los balones divididos. Falta un grito a tiempo en la banda, un capitán que tenga galones y sea capaz de ordenar a sus iguales con mano de hierro. Dentro o fuera del campo se precisa un timonel que ahora mismo no existe pero cuyo rol puede ser ejercido por jugadores como Fernando Seoane o el ausente Carlos Pita, hombres que saben por donde respira este equipo.

Entra el Lugo con la derrota en un terreno pantanoso que a muchos no nos resulta extraño. Ni siquiera nos da miedo. La realidad era esta y las fantasías de los playoffs se pueden enunciar en el último tramo de temporada. Hasta ese momento, todo es trabajar por la permanencia. La situación es reversible gracias al botín de puntos obtenido. El pesimismo ha de convertirse en pasión. La rabia contenida tiene que manifestarse, también en la grada, con un canto unitario a favor del club como representación de una ciudad.

El mal hábito de añorar el pasado convierte en caduco el presente. Reproches, huidas antes del pitido final y lágrimas fáciles desnudan más si cabe a un equipo que necesita sentir presión, pero también apoyo, algo que con la imagen vista este domingo nunca encontrará. Aquí también, Anduva puede ser un precioso y preciso reflejo, una pequeña caldera de sentimientos que se concede el derecho de soñar aunque vengan malas rachas, que sabe que nada va a ser fácil y que el fútbol es una injusticia continuada cuya única verdad es el gol.

Foto: Xabi Piñeiro – LGV. La de abajo es una creación del autor de esta entrada.

mirandes

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