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Domingo, día de fútbol

por Xabier Piñeiro Neira 5 noviembre, 2015
Tiempo de lectura: 3 minutos

Después de toda la semana esperando con ansia, volvía a ser domingo. Aunque el partido era a las 6, ya te empezabas a preparar después de comer. En la bolsa de tela, un bocadillo de salchichón envuelto en papel de plata, un plátano y, si esa semana fuiste bueno, unas galletas de chocolate. Tu madre te daba 200 pesetas por si querías comprar una Coca-Cola e invitar a tu primo. Tú te sentías millonario. Te sentías mayor. Te ponías el jersey nuevo y los tenis de estrena.

Era día de fútbol, era un día especial.

Desde el coche ya escuchabas el ambiente, las bocinas, los tambores, los cánticos y las risas. Estabas deseando bajarte del coche para vivir todo aquello y soñar despierto con ser tú el protagonista algún día. Tu tío pagaba las entradas y tú te ponías casi de cuclillas para hacerte pasar por un niño más pequeño y entrar gratis. Al pasar por la puerta el ruido, poco a poco, se hacía más grande y tus ojos hacían una panorámica desde preferencia.

Sentado en los escalones de cemento, el olor a pipas y humo de puros se convertía en tu olor favorito, y cualquiera que se sentara cerca era tu nuevo amigo. Porque defendíais los mismos colores. Erais del mismo equipo.

Salían los jugadores al campo y te quedabas afónico antes de empezar el partido. El árbitro era el enemigo y, como tal, había que hundirle la moral con insultos. Sabías que no estaba bien. Te escondías y te reías después de cada “¡arbitro, cabrón!”, pero era divertido. Te sabías todos los cánticos y los ensayabas entre semana para que nadie te tomara por un mal aficionado.

Para ti, Melo y Borge eran Oliver Atom y Tom Baker, héroes a los que admirar. Alvite era el capitán y había que respetarle y Domínguez era un muro al que nadie era capaz de hacerle gol. Sentías que tu equipo era el mejor del mundo, porque era el tuyo. Ninguno más. Tú eras del Lugo.

Si ganabas, no te ibas hasta haberte abrazado con toda la grada, y si perdías, te sentías un poco mejor porque toda aquella gente estaba igual de jodida que tú. Pero la pena solo duraba una semana, hasta el próximo partido.

Fuera del campo, querías sentirte adulto comentando el partido con la gente mayor, escuchando, aprendiendo pero dando tu opinión.

Hoy, 20 años después, estás tirando fotos en el lugar del crimen, esta vez en la banda, en el césped sobre el que viste pasar a tantos jugadores vestidos de rojiblanco y mientras tu equipo gana 1–0 a un Tenerife que para ti sigue siendo ese equipo con Pier y Redondo que se paseaba por Europa, detrás de ti escuchas pitos e insultos. Piensas que no son reales, que serán a algún rival por alguna acción, pero no. Esa grada que dejó de ser de animación para convertirse en un cortijo en el que dejarse ver si quieres ser alguien en Lugo, ese sitio en el que se sentaban los viejos y te contaban historias de la Gimnástica Lucense, ahora es el circo romano.

Estar cerca de preferencia es escuchar a entrenadores frustrados, a pseudo-aficionados que empezaron a bajar al estadio hace 2 o 3 años porque era “lo que estaba de moda” en ese momento en Lugo, como bajar al Breo cuando venían el Madrid y el Barça o a ver al Azkar en las buenas épocas. Hace tanto tiempo que no escucho al estadio animar al unísono que me parece uno de los aspectos más preocupantes de la actualidad del equipo.

No nos engañemos. El que pita no representa el sentimiento albivermello. Ese que pita, si el equipo pierde sale del estadio riéndose con la prepotencia que da la ignorancia. Estamos en el mejor momento de la historia del club y, en vez de disfrutarlo aprovechamos los 90 minutos para echar mierda sobre nuestro propio tejado.

Señores, disfrutemos esto. No sabemos cuándo se va a acabar. Dejémonos de poner nombres y apellidos a los sentimientos.

Somos del Lugo. Y punto.

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