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Mágicos González

por Denís Iglesias 26 octubre, 2018

Hay jugadores que se convierten en leyenda sin querer. Disfrutan del fútbol sin rodeos. Aprendieron a patear en la calle. Se dejaron las piernas en una escapada tras romper un cristal o una farola con un balón. Son aquellos que no quieren enjaularse en la vorágine del fútbol de élite. Reciben miradas con asombro cuando se escurren entre los piropos para escoger la salida más larga de la carretera hacia el éxito. Por equipos modestos o en declive, donde nadie les mire por encima o debajo del hombro. Pero saben que cada vez que los medios miren para ellos, más miedos aparecerán. No fueron concebidos como máquinas a las que se les pueda ajustar el volumen y el juego con una rosca.

El Cádiz, próximo rival del Lugo (sábado, 20:30, Anxo Carro), tuvo la suerte de tener en sus filas a uno de esos jugadores irrepetibles que tuvo el lujo y la valentía de poder escoger en qué equipo quería jugar. Es el caso de Jorge Alberto González, conocido ahora y siempre como El Mágico. Todo el mundo que se precia de haber acudido al Carranza, feudo de glorias albivermellas, alguna vez presume de haberlo visto gambetear. Aunque no haya coincidido con él en tiempo y forma. Ocurre como con el Trinche Carlovich, autor del doble caño, al que llegaron a considerar el creador del “arco lírico” argentino. Mejor que Maradona. Una y mil veces. Aunque no hubiera triunfado nunca en la Primera de su país.

Del Mágico el propio y eterno 10 dijo que nunca había visto tal cosa. Petón, en sus fábulas de Cope, afirmó que el dueño de la Mano de Dios tenía una zurda con la que hacía todo maravillosamente. El salvadoreño lo hacía todo a pedir de boca con las dos piernas. Cuando sólo era un morocho al que nadie ponía cara en España consiguió la proeza de llevar a su natal El Salvador a un Mundial, el de España 82. Era la segunda vez en la historia que este país alcanzaba el torneo. Un hito que llegó con una guerra civil bamboleando el estado centroamericano. Conflicto que nunca fue declarado, pero que dejó un  voluminoso rastro de sangre durante más de una década.

No es de extrañar por tanto que tras la cita mundialista, en la que El Salvador acabó con cero puntos y una sonada goleada ante Hungría (10-1), algunos de sus jugadores quisieran quedarse en España. El Mágico lo consiguió. Dijo ‘no’ a ofertas de equipos como el PSG y optó por un Cádiz que militaba en Segunda. Esa temporada 82/83 ascendió a Primera, donde se mantuvo un año. Entre ambos cursos el salvadoreño anotó casi 30 goles sin llegar un día puntual a los entrenamientos.

“Me ha costado mucho adaptarme, acá hay diez horas de diferencia con mi país”, decía cuando le preguntaban sobre su afán por recorrer todas las discotecas gaditanas. No bebía casi alcohol y, según el técnico David Vidal, que entrenó a los amarillos en varias fases de los ‘80 “podías verlo con un vaso de leche, hablando con todo el mundo, incluso ayudando en el pub de turno sellándote las entradas”. Y no es que no le gustara dormir. De hecho, podía quedarse tumbado durante diez horas, pero claro, después del amanecer.

¿Por qué no fichó el Mágico por el Barça? Por fornicar con la camarera de un hotel

Maradona, que a comienzos de los ‘80 militaba en el Barça, pidió a los culés que lo reclutaran para una gira estival. Cuando la expedición descansaba en un hotel de EEUU saltó la alarma de incendios. Todos los jugadores salieron menos el Mágico, que se quedó en la habitación practicando el noble deporte del ‘fornicio’ con una camarera. El equipo azulgrana, si es que en algún momento se hubiera planteado su fichaje, descartó por completo tal opción después del incidente. Su imagen, en la que se combinaban un amasijo de pelos que parecían cables, y un rostro de haberse metido un pico, no tendría cabida en el fútbol de hoy. Por aquel entonces, la actitud valía un quintal.

Al final, su actividad nocturna y los resultados de aquella manera obligaron al Cádiz a cederlo al Real Valladolid, donde el frío le comió los riñones. Pasó desapercibido en una ciudad que no le correspondía ni con algarabía ni con temperaturas agradables. Regresó a la Tacita de Plata y el olor del pescado frito resucitó su espíritu en poco tiempo. Era el requisito que pedía para fichar por otro equipo europeo. Sin espeto, no había Culebrita Macheteada, su regate más excelso, una elástica en el aire que provocaba una sarta de improperios en sus defensores. En Andalucía estuvo físicamente hasta hasta 1991, pero su recuerdo quedó para siempre. Después de volvió a su El Salvador a disfrutar del fútbol. “¿La plata? ¿De qué me vale la plata sin felicidad?”, pensaba un tipo escurridizo, al que hoy es fácil encontrar jugando en alguna cancha con sus amigos, pero al que es casi imposible pescar para una entrevista.

¿Por qué no puede trabajar Pita hasta los 65?

Lugo y el club que representa a la ciudad en el fútbol profesional tiene la suerte de disfrutar de otro Mago que también se apellida González. Es su lado menos conocido, el que viene después del eterno Pita, incompatible con el oficio de mercenario. A día de hoy es imposible imaginar a este equipo sin el ‘5’ de A Gaiteira en el campo. Alguien tendrá que criogenizarlo o envasar su esencia para que se la beban los que vengan detrás. ¿Por qué no se podrá jubilar a los 65 como el resto?

Ver a Pita sonreír en el campo, disfrutando con cada pase, resucita el ánimo de cualquiera

Carlos Pita González nunca se ha ido, aunque la mayoría ha cometido el pecado de darle perdido tras un partido gris que no lo era tanto. En un arranque de temporada tormentosa, el Káiser ha emergido como salvavidas en una faceta que ni siquiera le corresponde. La del gol. Y lleva tres grandes girasoles que han sacado al equipo de la zona sulfurosa de la clasificación. Pita disfruta como ninguno en el campo y suponemos que se retirará cuando deje de hacerlo. Ese plazo, a día de hoy, parece no tener fecha. Verle esbozar una sonrisa de oreja a oreja tras un gol sirve para seguir creyendo en este equipo. Dispara, mata y es feliz. Hasta el fin del mundo con esta actitud. 

Cuando todos hacen cábalas para poner caducidad a Javi López o se tiran de los pelos al ver la cantidad de ocasiones erradas por los atacantes, él coge su librillo y se pone a tirar pases hacia todas las zonas del campo para convertir una caricatura en un cuadro que por lo menos se puede poner en el salón. Pita no ha jugado en Primera porque no ha querido. Como El Mágico González, que pudo y no quiso ser el Rey de Europa. Estamos convencidos de que un guante tan afinado, con sus más altos que bajos, debería estar alineado en la primera base de algún equipo que se haya codeado con la gloria. Damos gracias a la parte del destino que haya intercedido en esa función. El fútbol salva a algunos futbolistas de la fábrica y hace que sean la envidia del barrio. A cambio, los hace sudar como regaderas. Pita no tiene ni que secarse para hacer temblar al rival e insuflar de fe a una clase media sin aspiraciones que confía en él, y en los que sigan su ejemplo, para lograr una permanencia histórica.

Foto principal: Diario AS y LaLiga.

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