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Kravets, clase referente

por Denís Iglesias 7 septiembre, 2018

El CD Lugo es para la mayoría de los futbolistas como el autobús de la Empresa Freire que sale a las 7 de la mañana de Lugo rumbo a Santiago. Es el único modo de llegar a la capital gallega a una hora razonable. Lo utilicé para ir a muchos exámenes a las 10 de la mañana, aún a riesgo de lesionar mi salud mental. Aunque sigue siendo inútil para horarios muy estrictos es el último recurso que le queda a muchos lucenses que no disponen de vehículo propio ni de una autovía que es un animal mitológico, a la altura del Gatipedro. Esta es la percepción con la que hemos convivido durante las seis últimas temporadas en Segunda División, en las que hemos visto bajar y subir a jugadores, entrenadores y directores deportivos que no han dejado más huella que la del ticket de pasajero. Eso, cuando el chófer no abre la puerta en mitad del camino para dejarlos en Arca debido a sus cuestiones personales.

El verano suele traer a Lugo un continuo ir y venir de tripulantes mientras en los asientos delanteros observan la situación jugadores como Carlos Pita, Fernando Seoane o Iriome, como esos jubilados que van al mercado o al médico a Melide. Ciudadanos sin prisa y que se han acostumbrado a vivir sin coche particular, a entender que en la autopista del fútbol a veces compensa ir cumpliendo con los límites de velocidad, aunque estos sean estrictos. El autocar rojiblanco ha cubierto sus plazas con este perfil y con los de otros ocupantes más jóvenes.”¿Otro Krasniqi?”

Pero como los universitarios, algunos crecen y se independizan. Se compran un coche en Primera o simplemente abandonan los estudios para probar suerte en otros ámbitos. Lo extraordinario sucede cuando uno de los muchachos aventajados, al que le han ofrecido irse de Erasmus cinco años a Primera -con un contrato bien valorado- e incluso le prometen un chófer para los desplazamientos; opta por mantener su costumbre actual como ha sucedido con Vasyl Kravets, quien ha preferido quedarse en Lugo antes que irse al Real Valladolid. Un ejemplo de imperfecta adaptación que ha optado por no carbonizar el tiempo como le ocurre a la mayoría de jóvenes promesas, que saltan, azuzados por sus agentes, a por el primer trozo de carne de Primera que les sueltan aunque ello les obligue a pasar hambre unos cuantos cursos chupando banquillo.

Kravets rechazó un contrato de cinco años con el Real Valladolid, un equipo de Primera División que intentó su fichaje el último día de mercado

Sólo alguien como Kravets podría echar raíces en una ciudad como Lugo de la que hasta los que han nacido en ella quieren irse, aunque tras su huida se acuerden de la misma un día sí y otro también. El ucraniano es un tipo que ama profundamente su trabajo y que ha entendido mucho antes el fútbol español que cualquier idioma reconocible en la Península Ibérica. Es un atípico jovenzuelo que desconoce el color de la gomina. Va rapado al cero, para que el sudor corra por su cabeza tan rápido como él por su banda. O para evitar rapes innecesarios si es llamado a filas en un país como el suyo, en constante tensión territorial. Sin conocerle, sería difícil ponerle una edad determinada. Es lozano porque así lo evidencia su porte, pero su edad mental o personal va desde la de un soldado que ha regresado de Donetsk hasta la de un pastor que lleva décadas cuidando ganado bovino, pasando por un diputado de la Rada Suprema. Vive en varios siglos a la vez según las circunstancias en un día a día que no es el carpe diem que emplean los muchachos de su edad.

Cuando en enero de 2017 apareció un ucraniano cedido de 19 años en Lugo a muchos se les vino a la mente Endrit Krasniqi (nos contaron años después que habíamos construido mal su nombre), el Messi kosovar que llegó a la ciudad amurallada por medio de José María Minguella y que nunca llegó a debutar en partido oficial. A Kravets le echó el lazo un miembro del equipo de scouting del CD Lugo que tenía como director deportivo a Emilio de Dios. Formaba parte del FK Karpaty Lviv y había sido internacional en todas la categorías inferiores de Ucrania. Su equipo ocupaba posiciones de descenso. Este lateral zurdo se convirtió en lo más destacado que hizo De Dios para el club (además de mostrarnos un dudoso estilismo de chaquetas multicolores). Llegó para competir un puesto en el lateral izquierdo con Manu. El Eterno Capitán se disputaba la demarcación a esas alturas del curso con Serge Leuko, diestro, pero que se sumó a la pugna con el ‘11’ al no tener éste recambio y estar el flanco derecho defendido a la perfección por Jordi Calavera.

La competencia con el ‘Eterno Capitán’

Por aquel entonces cuando se planificaban las temporadas no se pensaba en un recambio para Manu, sobre el que pasaban los años y los cursos con casi pleno de titularidades. Ese curso no fue fácil para el portador del brazalete. Le tocó más que nunca tirar de galones en un vestuario en el que todavía rezumaba la tormenta del año deportivo anterior, el primero de Tino Saqués en la presidencia y en el que sucedieron dos entrenadores y dos directores deportivos. Kravets llegó como una esponja. Se empapó a la perfección del sistema dibujado por Luis César y terminó el curso como titular. Como es costumbre, el Lugo se estampó en la segunda vuelta, enterrando con cal viva cualquier atisbo de playoffs.

Kravets hizo la guerra por su cuenta y fue de los pocos jugadores que cotizó al alza en el tramo final. Por cierto, llegó a Lugo cuando otro jugador ucraniano protagonizaba titulares por motivos bien distintos al fútbol. Fueron los meses del destierro de Román Zozulya, al que Vallecas acusó de ultraderechista y de colaborar con la antítesis declarada del pensamiento dominante en el barrio madrileño. Dos realidades antagónicas en un país resquebrajado en el que habría que estar para entender cómo se configuran los bandos que necesitamos para prejuzgar. Kravets tiene aún a día de hoy buenas relaciones con la hinchada del Karpaty Lviv, en la que existen elementos neonazis y de muchos otros tipos, aunque los primeros sean más ruidosos. De hecho, esta semana fue a ver un partido de su ex equipo aprovechando la convocatoria con su selección. En Lugo nadie le miró el pasaporte y desde el inicio, sus fotos en Instagram en lugares perdidos de la provincia, alguno incluso desconocido para nosotros, demostraron que iba a tomar esta tierra como suya. 

El Lugo optó por hacer efectiva la opción de compra del jugador, pero después pasó a un segundo plano con Francisco en el banquillo

Apenas ocho partidos bastaron para descubrir sus atributos, los de un lateral con proyección ofensiva, buena capacidad para poner centros y llegar hasta línea de fondo. En defensa aún le faltaba encontrar su sitio pero no escatimaba esfuerzos a la hora de disputar el balón. No entendía ni respetaba ningún dorsal o nombre por importante que fuera. Esa fe ciega la ha ido desarrollando aún más para atravesar líneas de contención. También ha crecido su vigor para frenar transatlánticos a base de meter pierna. Hace décadas, las parejas se enamoraban por las zancas de su futura pareja y no por sus protuberancias operadas. En el caso de Vasyl el flechazo fue instantáneo por sus dos pilares. Siempre ha parecido un jugador de otra época y eso es un afrodisíaco para los románticos del fútbol. 

Aunque en las fotos oficiales pone cara seria, no parece difícil sacarle una sonrisa | Foto: La Voz de Galicia.

Aunque en las fotos oficiales pone cara seria, no parece difícil sacarle una sonrisa | Foto: La Voz de Galicia.

La inmejorable carta de presentación que firmó en su estreno en Segunda División hizo que el CD Lugo ejerciera la opción de compra que sobre él tenía, según se publicó en su día. Abonó 300.000 euros, cantidad inédita para un club acostumbrado a cerrar operaciones a coste cero. Pero la inversión no le dio continuidad. Todo lo contrario. Francisco cambió el criterio que sobre él tenía Luis César y le relegó a un segundo plano aunque el ucraniano siguió yendo con su selección, como un perfecto embajador de Lugo y de su club. Jugó los dos primeros partidos de liga y a partir de ahí Luis Ruiz se hizo con el puesto. El buen rendimiento del lateral andaluz se vio reforzado por la excelente marcha del equipo, que pernoctó varias semanas entre el ascenso directo y la fase de ascenso. “¿Qué le pasa a Kravets?”, le preguntamos en Navidad a un miembro del club rojiblanco. “Nada, ¿qué le va a pasar? Pero tiene que adaptarse más y aprender mejor el idioma”, respondió intentando escurrir el bulto. Tras la salida de Víctor Moreno llegó a decirse que al ahora aspirante a ídolo local se le había intentado dar salida en invierno, una decisión que contó con el beneplácito de un Francisco que no le incluía en las convocatorias.

La locura del límite salarial

Como en la temporada anterior, el jugador del este reconquistó su espacio en el once coincidiendo con el declive general del equipo en la segunda mitad del campeonato. Otra vez Kravets fue un rayo de luz en una terrible tempestad que hizo colapsar a una pequeña afición que, por una vez, se había creído eso de que había vida más allá de la permanencia. El que quiso venderlo respiró aliviado por no haber cerrado la operación. Pero el que vino detrás, Emilio Viqueira, se encontró con una apetitosa manzana en su cesta por la que se atreverían a pujar equipos de una categoría superior a la del Lugo. Ante el interés del Leganés se subrayó que el jugador, después de su renovación, tenía una cláusula de seis millones. En principio, no saldría por ninguna cantidad inferior puesto que estaba llamado a mantener el protagonismo con la llegada de Javi López. Entonces subió el telón toda la tragicomedia del límite salarial.

Ha sido un verano atípico en el mercado lucense. Las primeras semanas fueron de absoluto mutismo. Viqueira intentó adaptarse del mejor modo que pudo a la nueva situación. Después brotó un torrente de incorporaciones, la mayor parte de ellas con el sello de la Promosport, la agencia de representación a la que pertenece el santiagués. Acto seguido se cerraron otros retales y finalmente apareció un monstruo enorme. El límite salarial con el que nadie parecía haber contado, a pesar de que se decide en base a lo sucedido en la temporada anterior (gastos, ingresos, clasificación…) y a lo que uno pueda sacar en forma de nuevas ventas. La incapacidad para buscarle acomodo a Ramón Azeez, una de las fichas más altas de la plantilla, puso en jaque la planificación. Hasta nueve jugadores aceptaron bajarse el salario con la ventana de fichajes a punto de cerrarse para no comprometer el devenir del club en un gesto que les honra. Pero la noche del viernes 31 de agosto reservó una llamada sorpresa…

Cuando llegó a Lugo, Kravets ya sabía lo que era jugar en la máxima categoría de su país.

Cuando llegó a Lugo, Kravets ya sabía lo que era jugar en la máxima categoría de su país.

El Real Valladolid, recién ascendido a Primera, levantó el teléfono para hacer una oferta por una de las mejores zurdas de la categoría de plata. La puja no llegó al 1,5 millones de euros, a lo que habría que sumar la cesión de Moi Delgado, otro lateral izquierdo. Algunos aficionados rojiblancos bromearon redes sociales la semana previa al desenlace del mercado pidiendo que no se mentara, ni por asomo, el nombre o las cualidades de Kravets por si esto conllevaba que cualquier ojo clínico de Primera pusiera su pupila sobre él y dejara al Lugo sin una de sus piezas clave. La mayor parte de nosotros no habríamos ni descolgado el teléfono. Lo habríamos arrojado por la ventana para acto seguido llamar a la Policía y escondernos debajo del sofá. Actitudes que como sobradamente ha demostrado la ciencia sirven para pasar los peores tragos.

“Ruso loco”

Como el fútbol tiende cada vez más al anonimato y a las historias cubiertas de tópicos, la imaginación se dispara al pensar cómo serán esas últimas horas de mercado. Yo creo en un cuarto sin apenas ventilación, con el director deportivo de turno vestido con una camiseta manchada de comida rápida y unos tirantes que aguantan a duras penas su pantalón. Un puro masticado en la boca y un teléfono antiguo que suena a las horas en punto. Menuda recreación más vetusta… Desde una cristalera, como si de un experimento se tratara, el presidente mira atento la jugada y va subiendo los grados del climatizador del cuarto según los movimientos del sujeto. Y por supuesto, tal y como ha demostrado el Real Madrid, imagino un fax e impresoras sin tinta. Y al lado un módem de 56 kbps al que se le cae un vaso de DYC encima.

En este caso, presiento un Vasyl Kravets reposando en el salón junto a su esposa Iarenka tras arar un surco profundo en su huerta improvisada, “por lo que pueda venir”. Con los cascos puestos para escuchar cualquier emisora local disimulando que aprende el idioma. “¿Vasyl, quieres irte a Valladolid?”. Va-ya-doliz?! Una gota finísima de sudor al pensar en otro campo, otra afición y otra adaptación. “Lugo es bien”, y fin de la conexión. Una de las anécdotas públicas que más gracia nos hace es un vídeo en el que Leuko le dice:

  • ¡Eh, tú, ruso loco!
  • (Éste niega con la cabeza)
  • ¿No loco?
  • No ruso…

Porque hay que estar un poco pirado para acabar en Lugo superando a duras penas la mayoría de edad. Una locura para la que ha recibido un tratamiento de choque casi desde el inicio con el apoyo de la grada. Ésta lo trata como un hijo adoptivo al que quiere ver crecer y triunfar con la camiseta rojiblanca. Como todas las leyendas, en el relato de su continuidad en Lugo hay algo de ficción. Contó Tino Saqués en rueda de prensa que le habían comunicado la oferta del Real Valladolid y que él, antes de pensarse si era un paso adelante en su carrera, preguntó: “¿Pero voy a poder jugar en el Anxo Carro este sábado (por el partido del Numancia)?”. Lógicamente, encontró un “no” como respuesta, acompañado de una risotada por la inocente respuesta. Dudo que el cariz de la conversación fuera tan de fábula, pero lo único que me importa a estas alturas es el desenlace. Aunque otra anécdota revelada de Kravets podría reforzar este diálogo surrealista. En su segundo año en Lugo, cuando en Navidad recibió una cesta de cortesía dijo: “Vasyl no necesita comida, gracias”. “¡Es un regalo, hombre!”. “¡Ah, regalo, gracias!”. No precisa mucho para contentarse ni tampoco cree en las limosnas o milagros. Suficiente para no perder la cabeza en el fútbol actual.

Confieso mi ferviente e irrealizable deseo de tener un equipo con un alto número de jugadores gallegos. Pero añado a esta imposición que me maravillan los futbolistas que como el propio Kravets o Leuko, que siempre que puede engalana a sus compatriotas en Camerún con camisetas del Lugo. En ambos casos se cumple el refrán de que “a vaca non é de onde nace, senón de once pace”. Comentó Andrés García Armero, que años atrás se ocupó de cubrir la actualidad del club rojiblanco para Marca, que “el arraigo es el único camino” y que el club debería sacar una tirada de camisetas de “los Kravets, Seoane y Pita al 50% para los abonados, para que se vean sus nombres a las orillas del Miño”. No puede uno estar más de acuerdo con esta promoción de la clase referente, la que nos permite seguir disfrutando del fútbol profesional aunque sea cada vez más un negocio de trileros. Una clase bien diferenciada que nos hará crecer en sentimiento porque lo de la masa social no se hizo para nosotros.

Kravets nació en Horodok en 1997, un raión (distrito) de Ucrania que se encuentra en el óblast (algo así como una comunidad autónoma) de Leópolis. No supera los 70.000 habitantes. Pertenece a su vez a la región de Galitzia, de ahí que quizás cuando le ofrecieron venir a Galicia pensó que sería algo muy parecido a su casa. Una región histórica que constituyó en el siglo XI el Principado de Galitzia-Volynia y que acoge territorios de Polonia y de Ucrania, aunque su núcleo es justamente el este del último país. Con este reino disuelto, Vasyl sólo puede aspirar al trono de la Galicia Interior, tan agreste y con contradicciones profundas como la suya pero que fácilmente adoptaría un linaje como el de Kravets, capaz de quedarse y rechazar a las Castillas en su máxima expresión. Una demostración de sincero patriotismo lucense. 

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