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Violencia sobre hielo

por Rubén Fernández Dorado 30 mayo, 2018

El fútbol ha pasado de ser un deporte controlado por los aficionados a ser una multinacional que mueve sus hilos en función de intereses económicos y comerciales.  El proceso judicial que finalizó con la dimisión de Joseph Blatter al frente de la FIFA ha dejado a su paso un rastro de corrupción que se ha ramificado a federaciones nacionales de todo el mundo, incluida la española.

Blatter reconoció la aceptación de sobornos en la concesión del mundial de Sudáfrica en 2010, declaraciones que han salpicado también a los mundiales de Brasil, Rusia y Qatar. En el país rey del fútbol vivimos una sucesión de huelgas, sedes inacabadas y carencias en los medios de transporte y de comunicación que hizo dudar de la capacidad de toma de decisiones de los dirigentes que controlan el fútbol actual. Un desastre a nivel de planificación y organización disimulado por la pasión de la población carioca.

Qatar albergará dentro de cuatro años una Copa del Mundo marcada por la explotación de los trabajadores que construyen sus infraestructuras

Los fantasmas de Brasil pasaron de largo al tratarse de la capital internacional del fútbol, pero la decisión de Rusia y Qatar como sedes para 2018 y 2022 abren la caja de los truenos en el seno de una FIFA corrupta.  El país árabe albergará dentro de cuatro años una Copa del Mundo marcada por la explotación de los trabajadores que construyen sus infraestructuras, con una nula tradición futbolística, y sin haber celebrado nunca un evento de esta magnitud.

Rusia  en cambio sí ha albergado grandes eventos de este tipo como los Juegos de Invierno en 2014 y su elección podría tener cierta lógica desde un punto de vista organizativo, sin embargo el ecosistema social  del país soviético es un riesgo claro para todo aquel que viaje al Rusia. Mientras la conciencia y el buen hacer del fútbol se concentra en acabar con la violencia tanto verbal como física en el deporte,  los máximos dirigentes del fútbol aportan su grano de arena enviando a los aficionados de todo el mundo a un infierno ultra que avecina empañar la fiesta del balompié.

Infantino y Ceferín, que suenan más a dúo cómico que a los monopolizadores del fútbol internacional, parecen ser los únicos que no conocen la realidad. Los radicales rusos llevan tiempo preparándose para su gran momento, y este año ha llegado la fecha marcada en sus calendarios. Los aficionados británicos serán su principal presa en una caza que se extenderá a lo largo de las diferentes ciudades que albergan los encuentros de la competición.

Intereses en la sombra y mandatarios corruptos que juegan con el fútbol sin pensar en su principal fuente de sustento, los aficionados. Rusia será la primera parada de un infierno de violencia que se prolongará con la precariedad de Qatar. El fútbol y la emoción pagarán las consecuencias de unas horribles decisiones que avecinan más excentricidades en la elección de las sedes. Que se prepare China, o a tal punto, Corea del Norte.

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