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Despedida de soltero

por Denís Iglesias 16 mayo, 2018
Los jugadores del CD Lugo, saliendo al Reino de León antes del duelo | Foto: LaLiga.

En León hay cecina, ‘cazurros’, un Reino… Y muchas despedidas de soltero. Es una de esas ciudades que se ha convertido en escenario de uno de esos ejercicios humanos en los que la vergüenza queda a un lado para que la sangre vaya dejando espacio, bastante rápido, a la cerveza. Este tipo de eventos se remontan a la Edad Media. Se tenía la costumbre de sacar de paseo al hombre antes de contraer matrimonio para embriagarlo y ver si realmente estaba enamorado o se dejaba llevar carnalmente por otras féminas. No existen estadísticas sobre el éxito de esta medida. Era una costumbre exclusivamente masculina. Desconocemos si ya por entonces el pretendiente debía vestirse de torero, policía, mejillón o fútbol para ser identificado, como comprobamos en un paseo nocturno por la capital leonesa.

La preeminencia de hordas despidiendo la soltería hace que algunos establecimientos tengan un cartel en la puerta con el que niegan la atención a estas jaurías. No pasan desapercibidas gracias también a unas cuidadas prendas de diseño, con la cara del casadero y algún tipo de chascarrillo. Lemas que, en el mejor de los casos, terminarán plasmados en una sábana que se colgará en alguna entrada de la ciudad o pueblo de origen de las mujeros y maridas. La opinión pública se esmera en vender una imagen diferente de estos adioses dionisíacos: “La gente ahora opta por planes alternativos como el paintball o un fin de semana en una casa rural”. Gente que no ha conseguido borrar del mapa a aquellos que se pintan penes y regalan tartas en forma de tetas.

Es lícito y necesario. El derecho de hacer el ridículo se ha visto censurado por lo políticamente correcto. Esto se lo ha llevado casi todo por delante. Desde los especiales de fin de año con Gurruchaga hablando de ventosidades al collejón de Gil a Caneda. Vivir una noche como si fuera un ritual para despedir el nuevo mundo puede acarrear una resaca bíblica, pero es algo que te permite evadirte del arrastre diario. El o la contrayente ha cumplido con uno de los principales objetivos sociales como es firmar un compromiso con otro correspondiente de la misma especie, algo que merece una celebración de campeonato. 

Del puntillo a los primeros que ‘parten’

El CD Lugo está metido en un proceso similar. Tras firmar la salvación, que le permitirá encadenar su séptima temporada en Segunda, tiene ante sí una serie de partidos con rivales que se la juegan (Huesca y Rayo, el ascenso; el Almería, la permanencia). No tiene nada que perder más que la propia coerción de pensar si está haciendo algo bueno o malo al rival. Cualquier aficionado le pide a su equipo, sin tener en cuenta el tramo de liga, un ejercicio de egoísmo. Ya que los playoffs se han quedado en el cajón de las metas pendientes, la hinchada quiere ver a su equipo competir hasta el final, incluso si ello conlleva incordiar al rival. No hay respuesta más miserable en este deporte que estar primado para perder.

León todavía celebra haber vuelto a Segunda tras más de cuatro décadas mientras se concentra en no dar un paso atrás

El Lugo se plantó en el Reino de León con el mismo chip que uno se instala antes de una despedida de soltero. Sin pensar en el mañana. Así se explican los quince primeros minutos de derroche ofensivo que estuvieron a punto de culminar con un gol que hubiera desquiciado a la Cultural. El conjunto de Rubén de la Barrera está como un recién nacido. Con una mezcla de sensaciones. Todavía dura en el cuerpo la alegría de haber vuelto a la categoría de plata tras más de cuatro décadas y está encima el peso de la presión por no descender. Todo mezclado es un cóctel envenenado que aún así se toma la afición culturalista, que llenó el estadio, algo que siempre produce envidia sana y sirve de motivación para cualquier jugador o visitante.

Tras esos primeros chupitos, al Lugo le entró la misma preocupación que a cualquiera ante una noche que se prevé larga. ¿Cómo aguantar con el ‘puntillo’? No es fácil y el equipo se rompió por donde viene haciéndolo habitualmente: por la zaga. Llegó el primer tanto local en una cobertura pésima, que permitió a Iván González asistir libre de marca a David García para que este rematara a placer. A alguien se le había ido la mano con el tequila. Siempre hay que medir bien las secuencias del privar. De lo contrario acabarás partiendo: sobre ti mismo y para casa, como le pasó a Josete, que no cumplió con la máxima de que para saber beber hay que saber mear. A Malagón le pesaron los minutos desde el principio y, en una retaguardia a la zozobra, fue el primero en naufragar. Se fue a pique junto al esquema que Francisco había utilizado en los dos últimos partidos ante Osasuna y Sevilla Atlético, con resultado satisfactorio.

Del JB a la Ginebra sin que se note demasiado

Pero si algo ha demostrado el técnico andaluz es su capacidad para cambiar de guión. Para pasarse del JB a la ginebra sin que se note demasiado. Rediseñó el esquema del 5-4-1 con carrileros para volver al 4-4-2 que genera tranquilidad, como una caña bien tirada. Aunque no sirvió para cementar de todo al equipo, sí fue útil para devolver al partido, hasta el final, a un toma y daca equilibrado entre los dos contendientes que fue bien recibido por el público. También por los más de 200 aficionados lucenses desplazados a León, quienes demostraron que echan de menos un viaje cercano como era el de Ponferrada. La masa social del Lugo es una de las menos populosas de la categoría, aunque aquellos que sí se han enganchado a la corriente rojiblanca demuestran un nivel de compromiso superior a la media. Pese al pronto repentino de algunas derrotas, los que hacen kilómetros para ver a su equipo saben reconocer el esfuerzo realizado por mantener a un equipo modesto en una división plagada de ex combatientes de Primera.

Los jóvenes como Sergio Gil o Dani Escriche han tirado del carro con ímpetu juvenil, algo que siempre es de agradecer

Por eso lo mejor del partido fue el encuentro entre los jugadores y su familia, los aficionados que siempre les arroparán aunque hayan vomitado en la alfomnbra. Una reconciliación sincera tras las regañinas de hace unas semanas. Aplauso correspondido entre las partes y gestos que demuestran un compromiso con los que se mueven. La mejor muestra, el regalo de una camiseta por parte de Sergio Gil.  El mediocentro se ha encendido en este tramo final de la temporada, tras un viaje interrumpido por una lesión. Lo ha hecho conjuntamente a otros valores al alza como Dani Escriche. Ambos son camaradas y eso se nota sobre el campo.

Los jóvenes de la cuadrilla marcan el paso. Con licor café, subiéndose a la tarima, eclipsando incluso al que se va a casar, conscientes de que su cuerpo se recuperará más fácilmente de un exceso. Jugadores que están medrando en este club y que, por lo tanto, lo sentirán más que cualquier otro que venga maduro. También los que menos soportan los roces y saltan, una intensidad salvaje y joven que en el terreno futbolístico se plasma en meter el pie pase lo que pase. Muchas veces tienen que llevar la etiqueta de rookies porque así está configurado el asunto. Los que han nacido antes tienen más derechos por cierto defecto gerontocrático de nuestra sociedad. Pero en cuanto tienen su oportunidad, sacan pecho y lo hacen con bastante acierto.

Siempre hay un ‘after’ abierto

Francisco ha tirado de ellos como lo ha hecho de José Carlos o Álvaro Lemos. Las lesiones, las sanciones o los resultados negativos han conducido a una limpieza casi completa del once titular. Seoane y Ramón Azeez son las dos únicas coincidencias entre la alineación de la primera jornada, frente al Reus, y la dispuesta ante la Cultural. Seoane es el único hilo conductor constante, como cada temporada. Da pavor pensar que en algún momento se le agotará el combustible, como le ha pasado al mediocentro nigeriano. Azeez ha demostrado en los últimos encuentros que está muy lejos de ser el ‘box-to-box’ de la primera vuelta, como él mismo se vendió y se reivindicó. Es ese colega que no tenía garganta y bebía con embudo, el mismo que ahora pregunta el precio de una botella de agua después del primer cacharro algo cargado. Pero el que tuvo retuvo y todavía se espera que algún día regrese el amante del vino de Asunción, que no es blanco, ni tinto, ni tiene color.

Pita es como un vino dulce, que en sorbos cortos se vuelve una delicia. Sigue jugando en una baldosa, como el primer día

El que parece que no aparecerá en la próxima fiesta es Roberto. El de Chantada fue titular ahora que el Lugo no se juega nada, con el objetivo de alcanzar los 400 partidos como profesional. Se le vio falto de minutos. Agarrotado, como prestando su último servicio ya con la mira puesta en el sofá. Portó el brazalete de capitán, un gesto de reconocimiento facilitado por el club, y por Seoane y Pita, legítimos portadores de esta prenda. El coruñés es otro de los vinos dulces que, en sorbos cortos, se vuelve una delicia. Sigue jugando en una baldosa como en el primer día. Sin sudar en vano, pero reconvertido en un central inteligente que hace jugar al resto. Como Seoane, una pieza única de la que el Lugo ha sacado puntos y puntos. Eso hubiera querido ser Roberto, que llegó en 2015 como uno de los fichajes estrella de Saqués y se irá como un actor terciario de esta partida, con más aportación en el vestuario que en el campo.

Y entonces, cuando todos los locales parecían cerrados y dormir la moña era única solución, apareció Iriome para forzar un penalti. El compadre que nunca falla. Siempre con educación y una sonrisa en la boca, aunque vaya con una tasa que le impida conducir. Herrera, al que Escriche ha relegado al banquillo, acertó tras una ejecución desastrosa del penalti. Lo mismo que te sucede cuando intentas atravesar un cristal en un pub, pensando que hay todo un mundo detrás de él. Pero fue él quien abrió la puerta y el único que tenía crédito para pagar una última ronda de un equipo sin blanca ni gol, que tiene la vía libre para vivir una despedida de soltero cada fin de semana que queda. Tres noches con Huesca, Rayo y Almería jugándose, a priori, el ascenso directo o el descenso. Pretendientes que todavía filtrean y que intentan ir a lo seguro con el más tímido o el más acomplejado del baile, sin saber que pueden llevarse una calabaza del tamaño del Garañón.

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