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Somos una banda

por Denís Iglesias 2 marzo, 2018

“Es que somos una banda”. Puede que la frase le suene, porque es el reclamo con el que acostumbra a alertar de su presencia el ‘hinchatrenador’. Esta especie depredadora crece en las gradas más calientes del estadio y tiene la costumbre de utilizar de modo muy profuso el pronombre personal de la 1ª del singular: “YO”. Lo pone delante de cada frase para reafirmar su criterio, siempre adivinatorio. Él sabe antes que nadie que un equipo va a sufrir un bajón. Lo ve en el chorro de vino de las comidas. El el meado que ha pisado en el baño del pub. Hasta en los copos de nieve. Tiene una capacidad innata para detectar el peligro y las ventosidades antes incluso de que éstas se produzcan. ¡Qué olfato!

Sí, a estas alturas se preguntará: ¿por qué no seguimos todos los consejos del ‘hinchatrenador’? Lo cierto es que aunque él piense que tiene mayor capacidad predictiva que Nostradamus, tiende a hacer sus reflexiones a toro pasado. No le importa mucho cómo ha sido el partido, sólo el resultado, que con la fuerza de un ion reafirmará todos sus postulados. “Somos una banda”. Lo dice una y otra vez hasta que genera el efecto contrario. Uno acaba creyendo que sí forma parte de una banda, pero que no hay razones para que esto sea algo negativo. ¿Qué hay de malo en ser una banda? Las bandas permanecen unidas, entienden sus códigos y defienden su territorio con los puños y los dientes apretados.

‘The Warriors’, los amos de la noche

No está lejos de ser la Segunda División una pelea de bandas, donde cada campo se acota al milímetro para ser defendido. Aunque tenga nombre de banco, el subtítulo que mejor le acae a esta división es The Warriors, como el film de Walter Hill. Éste se desarrolla en un Nueva York asolado por una guerra de pandillas. La banda protagonista es la que da nombre a la cinta. Debe regresar a su territorio natal después de ser inculpados por el asesinato del líder de otra agrupación. ¿Hay buenos o malos? Hay múltiples derivados que llevan a unos o a otros pandilleros a dominar la noche, según hayan afilado bien sus bates o según hayan controlado las vías de escape. El único enemigo común: la policía, que juega a alborotarlos esperando que se maten entre ellos, como el buen ‘hinchatrenador’, al que le puede más su razón que el coraje y la unidad que cualquier escudo o siglas merecen. 

Para el ‘hinchatrenador’, Segunda División ha de ser como un capítulo de Pratos Combinados

El Lugo es una banda low-cost, que hasta hace un mes estaba subida a los altares. Más que banda era una sindicato del crimen que se permitía el lujo de ajusticiar a cualquier equipo sin excepción. Pero el ‘hinchatrenador’ y derivados actúan como unos novatos ante las dinámicas, creyendo que Segunda es un camino rectilíneo. Un capítulo de Pratos Combinados donde si Miro Pereira no abofetea a su cuñado al final del capítulo es para que cancelen la serie. Para eso habrían leído un libro, con sus intrincados párrafos justiciados y sus… Sus conclusiones, o los que Dios quiera uno sacar en claro entre tanta letra.

Esta burguesía opinadora es mucho más ruidosa que numerosa. Cada vez que en Lugoslavia se publica una encuesta, los resultados distan mucho del dramatismo que se derrama tras cada partido. Del que también hacemos parte, porque la queja es un derecho por el que nuestros antepasados lucharon. No, en realidad no, pero es algo que cualquier club debe recibir si quiere seguir creciendo. Y sí la cosas se hacen mal, se hacen mal.

Cuando el ‘hinchatrenador’, con la Don Balón bajo el brazo y el silbato en la boca, dice: “somos una banda”, está usando un falso plural mayestático. Él nunca querría formar parte de una banda, porque ni siquiera ha pasado el ritual de iniciación que supone aceptar los fracasos en el campo como algo que forma parte del juego. A él le van más los bailes agarrados, la Mirinda, los pantalones de pata ancha y los coches diésel porque consumen menos. ¿Medio ambiente? Él no ha pagado su abono para sufrir, perder y entender a los jugadores. Para eso se habría hecho misionero. Además, que un año, aunque sin querer, cubrió también la casilla de “fines sociales” en la declaración de la Renta.

Más agresividad, menos “huevos”

Pero la mayoría “somos una banda”. Unos fanáticos que siguen a tipos con Instagram a los que entienden en el rectángulo del juego y, posiblemente, propinarían un puntapié -si la forma física se lo permite- fuera del campo. Si la familia no se escoge, mucho menos los jugadores que te representan en el campo. Ya no digamos los gestores en los que poner el destino de tu club, ahora convertido en su Sociedad Anónima Deportiva. A pesar de todas estas imposiciones, la “banda” se mantiene. Son esos 3.000 militantes rojiblancos que cada quince días bajan al Anxo Carro a completarse, a defender el territorio a su manera. Los mismos que aunque no se conozcan se identifican por el chandal, la camiseta o la bufanda, un uniforme bélico precisamente,  elemento identificativo de las bandas.

Cuando los 3.000 pitan se hacen más pequeños. Cuando celebran una ocasión completan el algoritmo que sirve de motivación a todo el equipo

Claro que no somos una banda sinfónica. Ni tenemos aspiraciones por telonear a Kate Perry, pero nos sirve con colarnos en el fondo del cartel. Ser ese aperitivo de la sesión vermú que está muy pero que muy lejos de la resaca del día siguiente. Justo lo que ha perdido el CD Lugo en los últimos enfrentamientos es un pilar de las bandas: la agresividad. No “los huevos”, otro de los grandes argumentos del ‘hinchatrenador’, muy preocupado siempre por la vitamina B12 y por la industria avícola. Huevos como coletilla de todo lo que no saben expresar con argumentos. Y este es un parámetro que el aficionado no puede controlar, pero sí catalizar. Cuando los 3.000 pitan o murmullan se hacen todavía más pequeños. Cuando celebran una ocasión, empiezan un cántico o simplemente aplauden, completan el algoritmo que sirve de motivación a todo el equipo. Las quejas sin virtud son el menú del día de nuestra vida. ¿Por qué no traducirlas en ánimo, por lo menos, en lo que dura el partido? Es lo único válido en un deporte que no es justo y a veces, por cómo se desarrollan los partidos, resulta hasta asqueroso.

Alguno pensará que todas esta capas de cebolla de halagos forman parte del conformismo. Nunca. Porque si algo tienen claro las bandas son los códigos que las rigen. Si Roma no pagaba a traidores, mucho menos éstas. ¿Y si la plantilla se llena de soldados a sueldo, sin ningún tipo de compromiso con la banda? Entonces no habría banda, entonces el fútbol sería una liga de Redbull Leipzig y derivados energéticos, un espectáculo que sirva de entremés entre el último blockbuster y la cena de mampostería. Y de eso Lugo dista bastante, aunque sea por un aislamiento con los grandes núcleos de poder. De ahí que la banda rojiblanca, aunque a veces perezosa, tenga todavía sentido de ser ella misma. Factores y nexos nos sobran: el barro en las botas por el túnel que sustituye a una pasarela que alguna vez existirá; el aliento a birra apurada a las 15:00 por la prohibición lfpista; la trenca fetiche para aguantar la tormenta y los malos presagios; el carné infantil del crío con el que entra el cuñado; la combinada con una goleada local; los improperios con matices casi barriales… Menuda banda…  Nuestra banda.

Foto principal: Xabi Piñeiro – Lugoslavia. 

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