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Estúpido y sensual iceberg

por Colaboración 5 febrero, 2018

Por Míchel Barba (@MichelBarbaFDZ)

“No me gusta el rock and roll.

Más que gustarme, me encanta.”

Una canción poco conocida de Los Suaves. Menos, sólo faltaría, que “Dolores se llamaba Lola”, atemporal hit verbenero que retumba a través de la megafonía del Anxo Carro, revelando a las masas (una vez más) en plena mañana del domingo la historia de esa niña de azul loca por Paco. Loca por Paco la Dolores y locos por Paco, Francisco en esto del fútbol, miles de lucenses. En el colegio de monjas no te enseñan a saltarte la misa de doce para ir al fútbol. Pero por ver al Club Deportivo Lugo siempre merece la pena perder la vitola de buen cristiano.

El Lugo es rock and roll. Es divertido como la banda de Bill Haley, como el caracolillo en la frente de Bill Haley. Tiene la pegada cool, la sonriente agresión directa al estómago de Iggy Pop. Más trabajado que un álbum conceptual de Frank Zappa. El Lugo es rock and roll. El Albacete también. Otro tipo de rock and roll. Definitivamente más sucio, más pesado, menos para todos los públicos. A tu sobrino, que empieza a ir por el mal camino enganchado cada semana a OT, no le pones black metal finlandés para atraerlo al rock and roll (conseguirás, eso sí, que deje OT, aunque seguramente a costa de suicidarse). El Albacete Balompié tampoco es la mejor manera de iniciarse en la visualización del fútbol, pero es fútbol. No entra por los ojos como el Lugo, pero viene del mismo lugar. Del caracolillo de Bill Haley, del barro de la Inglaterra victoriana, qué más da. Todo es rock and roll y todo es fútbol. En este país cada vez menos libre, al menos uno aún lo es para elegir a la carta su propia mandanga.

No me gusta Kate Winslet. Más que gustarme, me encanta. A los dos nos encanta el rock and roll, sobre todo si tenemos en cuenta que Rocknroll es el apellido de su esposo. Poco antes de que, a cientos de kilómetros de mi casa, Sagués Oscoz soplase su pito, el brazo firme apuntando a una de las porterías del Anxo Carro, pensé que para las dos de la tarde sería más probable haber tomado un avión a Estados Unidos, encontrado la residencia de los Rocknroll Winslet, interrumpido su desayuno, declarado mi amor a Kate llevándola conmigo ante el estupor del marido y contraído matrimonio en Atlantic City antes que haber visto en la pantalla del televisor a Sagués Oscoz soplar el pito, los dos brazos firmes apuntando al túnel de vestuarios del Anxo Carro, decretando el final de un partido con cualquier resultado que no fuese una derrota del Albacete Balompié. Pero esto es fútbol. Kate sigue con Rocknroll y yo sigo solo. Con un punto más, eso sí.

“O carallo, ese lugar tan mágico y gallego al que el Albacete se dirigía merced al gol de un albaceteño en el 58 y del que era rescatado cuatro minutos después por obra y gracia de un chaval de Betanzos”.

No me gusta, no me suele gustar, cómo juega mi equipo. Pero me encanta lo que consigue cuando juega de esa forma que no me gusta. Me gusta cómo juega el Lugo. Ni chicha ni limoná, pensé en septiembre después de verlos pasar la tarde por el entonces depresivo Carlos Belmonte. Albacete; caga, coge los puntos y vete. Cumplieron lo que esperaba (ganarnos) pero no me entusiasmaron. Meses después, son uno de los equipos más bonitos de ver de esta nuestra Segunda División. Un equipo al que tumbaría en un diván, iluminado sólo por el fuego de una chimenea, y dibujaría al carboncillo en mi cuaderno en el rato que tarda el barco en irse al carajo, ao carallo. Ah, o carallo, ese lugar tan mágico y gallego al que el Albacete se dirigía merced al gol de un albaceteño en el 58 y del que era rescatado cuatro minutos después por obra y gracia de un chaval de Betanzos. Lo que es la vida. El hermoso Lugo golpeado en el casco por un iceberg deforme, irregular, inexplicable, pero al fin y al cabo iceberg, estúpido y sensual iceberg, tocador oficial de narices de quien navega por esta categoría, sea el Titanic o la barquita hinchable naranja de las tiendas de artículos playeros.

El Lugo no es el Titanic. No es tan ostentoso ni tan vanidoso. No se hundirá por la grieta que le haya podido provocar este iceberg que lo único que necesita es seguir a flote en este océano. Yo confío en mi iceberg. Seguiré enarbolando la bandera del miedo porque en cualquier momento el hielo puede derretirse, pero confío en mi iceberg. Subido a la punta, congelándome el culo, me quito la gorra y la agito mientras el barco de Francisco se aleja en el horizonte. Black metal finlandés en mitad del océano, riffs en los camarotes lucenses. Kate Winslet pasándolo en grande con las ratas de tercera clase, Yosi desgañitándose. “Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti”. Y que lo digas, viejo, en septiembre muertos y en enero llenos de vida. Si estos cabrones se salvan, me caso con Kate Winslet. A los dos nos gusta el rock and roll, supongo. Por ahí podemos empezar a entendernos.

“Black metal finlandés en mitad del océano, riffs en los camarotes lucenses”.

P.D.: Si algún día llegas a leer esto, hijo mío, hija mía, espero que te alegres de que a tu padre llegasen a pedirle una colaboración desde un medio tan cojonudo como Lugoslavia. Y perdóname si no pudiste ir a la universidad. Envié la mitad de mi dinero a fondo perdido a las oficinas del Albacete para colaborar en la renovación del contrato de Dani Rodríguez. La otra mitad… ya sabes, los vuelos a Estados Unidos son caros. La fianza por colarse en la residencia de una estrella de cine, más todavía. Pero seguro que has oído esa canción de Los Suaves: ¿Quién no hizo alguna vez locuras por una mujer?

Foto principal: Montaje de Míchel Barba.

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