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Una media sonrisa que vale más que un punto

por Ramón Rivas 28 enero, 2018

Hoy, mucho más que en otros días en los que se ganó, el Lugo demostró ser un equipo completo de los pies a la cabeza. Que más allá de inesperadas bajas por pago de ese virus llamado cláusula de rescisión y de inoportunas, constantes y duraderas lesiones, el equipo se encuentra en un estado de confianza que le permite sobreponerse a casi cualquier contratiempo. Que, por mucho que todas las clasificaciones que hablan de límites salariales, afluencia a los estadios o incluso tamaño de las ciudades nos sitúen a la cola de la categoría, esos 40 puntos no contienen ni una pizca de casualidad. Porque hoy, en casa de uno de los dos mejores equipos de esta Segunda División (y la clasificación así lo atestigua), el Lugo no perdió la cara al partido en ningún momento. Ni siquiera cuando se vio por detrás en el marcador fruto de una acción de pura técnica individual de Eugeni Valderrama. Sostuvo la toma de contacto en los primeros minutos, sufrió cuando tuvo que hacerlo en el tramo final del primer tiempo y adelantó líneas tras el 1-0 buscando el gol del empate con convicción. Lo logró merecidamente, pero ya antes Jaime Romero se había topado con una parada casi irreal de Cifuentes. Hoy por hoy, y con toda la razón sobre sus hombros, nadie quiere enfrentarse al Lugo de Francisco Rodríguez.

El partido arrancó de la forma en la que suelen hacerlo los disputados entre equipos que se tienen un gran respeto mutuo, como era el caso. El Cádiz, según lo esperado, renunció totalmente a la posesión del esférico y, cuando lo tuvo, apostó por circulaciones mínimas que llevasen el balón en unas circunstancias aceptables a la zona de sus extremos, especialmente a un Salvi Sánchez que partió desde la derecha pero que casi en ningún momento pudo ser tan decisivo como acostumbra. Con Alvarito García en el banquillo, su sustituto Aitor García pasó por el partido prácticamente desapercibido.

Sin embargo, el Lugo se mostró extrañamente atrevido con pelota, y decidió asumir riesgos en salida. Aquí el Cádiz se siente cómodo, y si bien es cierto que tampoco apretó de forma asfixiante en área rival, sí que trazó una presión bien diseñada que impedía el avance lucense toda vez que la línea de centrocampistas (hoy más Azeez que Seoane) recibían la pelota desde la defensa. Carrillo se encargaba en inferioridad de la pareja de centrales, los extremos perseguían a los laterales, Abdullah a Azeez y Álex Fernández a un Seoane que sorpresivamente adelantó su posición varios metros, lo que generó un desorden en el conjunto local, que muchas veces veía a su teórico mediapunta mucho más retrasado que uno de los dos mediocentros. Garrido, por su parte, guardaba posición en la medular ayudando a sus centrales a defender el juego aéreo sobre Mario Barco y Fede Vico con superioridad.

Con esta disposición, y sin que ninguno de los dos equipos asumiese riesgos innecesarios, llegamos a los últimos minutos del primer acto sin más sobresaltos que la lesión de Abdullah y un disparo lejano de Brian Oliván que Juan Carlos repelió sin demasiadas dificultades. Aquí los de Cervera decidieron dar un paso adelante, y por poco se marchan al descanso con ventaja en el marcador. Primero fue Salvi el que desequilibró por derecha, y sirviéndose de una defensa deficiente de Kravets, puso un centro atrás que remató Aitor García, rebotó en la cabeza de Luis Muñoz y por poco no se coló en el arco visitante. Instantes después fue Álex Fernández el que probó suerte con un zurdazo cruzado, pero con idéntica fortuna.

Una vez olvidado el susto, al Lugo pareció sentarle bien el paso por vestuarios, y los de Francisco merodearon el área de Cifuentes hasta en dos ocasiones antes de la acción que marcaría el encuentro. En el minuto 52, Eugeni, que posee una calidad de golpeo excepcional (no lejos de lo que podrían suponer los casos de Ager Aketxe o Rubén Alcaraz) recibió en la frontal del área con medio metro de espacio; no se lo pensó, dibujó un disparo milimétrico y trasladó el partido justo al escenario que Álvaro Cervera estaba buscando. Francisco inmediatamente detectó que habría que sudar mucho para obtener la igualada, y no tardó en mover el árbol. Decidió que no le interesaba el juego aéreo, donde el Lugo seguramente tendría las de perder, y retiró a Barco e Iriome para dar entrada a Cristian Herrera y Albarracín, situando así a 4 zurdos con técnica y movilidad por todo el frente ofensivo.

Recién llegado desde Lorca, Eugeni ya dio muestras de su talento ante su nueva afición.

La apuesta pareció funcionar, y sumado eso a que el Cádiz se centró exclusivamente en defender (los problemas de tobillo de Salvi también mermaron su poderío contragolpeador) el Lugo fue ganando terreno progresivamente. No gozó de muchas ocasiones claras, más allá de esa en la que Alberto Cifuentes privó a Jaime Romero de sumar su segunda jornada consecutiva marcando, rememorándonos también la mano que le sacó a Sergio Díaz en el partido de la primera vuelta en el Anxo Carro, cuando todos los presentes ya estábamos celebrando el empate.

Lo que no pudo parar, sin embargo, fue el gol de Cristian Herrera. Kravets botó el córner, Fede Vico llegó al segundo palo y el delantero canario remachó solito en boca de gol. Un punto de coraje, de raza, de equipo que cree en sí mismo y que da los pasos necesarios en busca de sus objetivos. Un punto de un equipo bien dirigido, que cuenta con un entrenador emocional y con recursos al mismo tiempo, que cada jornada demuestra su capacidad como técnico. Un punto de un equipo, por último, que tiene a un director deportivo con talento y que está acertando en los fichajes. Nos contaron que Jaime Romero era malo, pero vaya dos partidos que se ha marcado. Todavía nos falta Chuli, y a poco que exista una posibilidad de reforzar el eje de la defensa, ¿quién se atreve a poner un techo a este Lugo? Disfrutémoslo, amigos, pues quién sabe cuándo volveremos a vivir una temporada igual.

Imagen principal: LaLiga

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