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Delirio lugoslavo

por Aarón Cabado Vázquez 25 enero, 2018

La naturaleza humana es una cosa fantástica y absorbente, pero sumamente intrincada. Los gurús contemporáneos inciden frecuentemente en la necesidad de «conocerse a uno mismo» sin decirnos que esta es una empresa perdida ya de antemano, porque no somos uno: somos volátiles, inestables y contradictorios. El otro día, tras el éxtasis vivido en el partido ante el Sporting, víctima de esa engañosa sensación de invencibilidad conferida por la victoria, mi mente comenzó a elucubrar acerca de un hipotético ascenso a Primera División. Y al hacerlo, descubrí con cierto estupor una tristeza tibia, una especie de desencanto, en el mismo instante en que emergió una de las pocas verdades universales de este complejo mundo en el que vivimos: todo, sin excepción alguna, avanza inexorablemente hacia su fin.

A pesar de que este hecho resulta a todas luces incontestable, los seres humanos mostramos, en un ejercicio de ineptitud intelectual, rechazo hacia él. No nos gusta que las cosas se acaben, pero todo, en algún momento, se acaba, y todavía no hemos aprendido a lidiar con ello sin torturarnos a nosotros mismos. Nos oponemos a aceptar la naturaleza voluble del universo, para demostrar una vez más que somos profundamente imbéciles. Y no solo no nos gusta que las cosas acaben, tampoco nos gusta que cambien. Vivimos maravillosamente afincados en la comodidad del presente, y como mucho alimentamos la ilusión de un porvenir mejor.

El caso es que al imaginar el ascenso del Lugo, al proyectar mentalmente esa posibilidad de cambio, pensé que un día todo esto se acabará. Estamos asistiendo a la mejor época de la historia de nuestro club, y algún día terminará; puede que sea dentro de dos temporadas, dentro de una década o el próximo siglo. Pero lo hará. Al final, nuestra mente confabula subrepticiamente contra nosotros mismos: en los instantes de tristeza nos inclina a creer que la vida será siempre miserablemente desgraciada, y en los instantes de alegría nos impone la idea de que, tarde o temprano, todo se derrumbará y solo quedarán las sombras del pasado.

Es necesario ser consciente de los vericuetos que aguardan por nosotros a la vuelta de la esquina, del mismo modo que es necesario no obsesionarnos con su existencia, para evitar acabar viviendo sumidos en un delirio febril. Y al final no nos queda otra que aferrarnos al ahora, imbuirnos de presente y dejarnos llevar por esta vorágine de sucesos intrascendentes, eso sí, sin olvidar el pasado y sin dejar de cultivar la esperanza de un futuro brillante. Estamos aquí, y quién sabe dónde estaremos después. Disfrutemos de este camino, porque nunca recorreremos otro, y porque solo lo recorreremos una vez.

 

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