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El Lugo gana, el Ogul pierde

por Denís Iglesias 5 noviembre, 2017

Un equipo de fútbol es un ser vivo con un ciclo difícil de clasificar. Los hay que nacen, crecen y mueren más allá de sus fuerzas. Era el caso del CD Lugo que entrenaba Luis César el año pasado, semejante al de sus predecesores. Francisco ha conseguido alterar la genética del conjunto rojiblanco, que nace, crece, se cubre, crece y muere matando. Es una máquina rudimentaria pero efectiva que ante el Real Oviedo parecía poder reeditar las gestas pasadas. Así lo demostró con un espíritu arrollador en la primera parte, muy alejado del descalabro de la segunda, en la que el equipo lucense mostró su Cara B, la de las prisas y la falta de tacto defensivo, su maná esta temporada.

Primer acto (Lugo): capaz de vencer a cualquiera

El Lugo de la primera parte podría ganar a cualquier rival. Lo hizo durante 45 minutos en los que tuvo suficientes oportunidades para dejar el partido encarrilado ante un Real Oviedo ansioso y paralizado por la falta de puntos. Anquela, que en estado normal se parece al viejecito de Up, pero que empapado y desgañitado en la banda semejó ser más un tejón rabioso. “Hemos ganado a un señor equipo”, dijo en la rueda de prensa posterior a un partido que los ovetenses llevaron a su terreno gracias al impacto que supuso el penalti de Ignasi Miquel sobre un Aarón Ñíguez más avispado.

Fede Vico volvió absolutamente loca a la zaga del Real Oviedo en la primera parte

El partido arrancó para ser recordado. Con un inédito ambiente en la grada visitante del Tartiere, poblada por cientos de aficionados lucenses que en los últimos desplazamientos han hecho del rojo y el blanco y de la bandera galaica símbolos de respeto. Faltó la fortuna de lances anteriores. El que mejor puede explicar esta mala sombra es el Polaco Fydriszewski, al que el palo y un corte providencial le privaron de aumentar su raquítica cuenta goleadora. Sí logró acertar Christian Herrera, que abrió el marcador con su segundo tanto de la temporada.

El 0-1 llegó muy pronto, cuando tan sólo habían transcurrido 11 minutos de juego. El delantero canario se activó como un muelle para enganchar un remate tras una asistencia de Fede Vico. El cordobés volvió absolutamente loca a la zaga del Real Oviedo en la primera parte, jugando a pie cambiado, con continuas subidas y pases envenenados. En ocasiones anotar tan pronto hace que se despierte la bestia contraria, que aunque sólo sea en modo tozudo afila la cornamenta más fácil que con un gol en los últimos minutos.

La mala sombra de Polaco: un palo y una entrada ‘in extremis’

No fue el caso del equipo asturiano, inoperante en ataque durante toda la primera parte, con excepción de alguna cabalgada de Aarón Ñíguez, que al final demostró estar en otra órbita. Un jugador inteligente y de los atan y desatan los partidos con su empuje físico y verbal. El Polaco todavía está enfocando la portería que vio tan abierta a cinco para el descanso, tras una magistral asistencia de Fede Vico. Christian Fernández se coló con una entrada de billar. Si se hubiera tirado un segundo más tarde habría permitido el 0-2, bastante improbable de vengar por el Real Oviedo de la primera parte.

Segundo acto (Ogul): penalti catalizador y empanada defensiva

El partido necesitaba un incidente imprevisto para alterarse. Y llegó, como en Valladolid, en forma de penalti. Ignasi Miquel disputó un balón con Aarón Ñiguez en el área. Metió la pierna y el ilicitano cayó. Ya sabemos que los jugadores desafían las leyes físicas. En 90 minutos se convierten en cuerpos volátiles, que pasan de estado líquido a gaseoso con facilidad. Esta teoría del todo, digna del mismo Stephen Hawking, es la misma que podría aplicarse al arbitraje, que en este partido no fue decisivo. Este apartado tampoco ha de ser una obsesión más allá de lo necesario.

En Valladolid el propio comité señaló y corrigió los errores de Arcediano Monescillo. En el Tartiere, este penalti que según la toma y el empeño puede serlo o no, fue el catalizador del Real Oviedo, que acabó llevándose el partido al aprovecharse de la endeblez defensiva del CD Lugo. Esa fue la verdadera novedad del relato en la segunda parte, en la que el Lugo fue el Ogul, una copia pirata a la que cualquier equipo podría hacerle daño.

La banda de Leuko fue la principal vía de ataque del Real Oviedo

Individualizar el éxito o el fracaso en un deporte colectivo como el fútbol es inútil. Muchas veces tendemos a ver el partido desde la primera persona, obviando que el rival también juega. A pesar de estos asteriscos, la banda de Leuko -y también Fede Vico– fue la vía de escape que el necesitado Real Oviedo aprovechó. El impulso que les dio un penalti magistralmente ejecutado por Saúl Berjón fue rentabilizado sólo tres minutos después por Linares. El gol llega, por cierto, con Campillo tendido y lesionado. Pocas criaturas son tan peligrosas como un goleador herido y solapado. El delantero maño asumió el protagonismo en ausencia de Toché y se alzó ante la defensa del CD Lugo para culminar el primer paso de la remontada.

Un gol de voleibol como sentencia

El éxito temporal de la escuadra de Francisco se basa en la perfección defensiva. Ante la falta de un caudal de goles importante, el armazón de los cuatro de atrás es imprescindible para llegar a buen puerto y con respiración a los finales de infarto que regaló semanas atrás. Cuando alguno de los resortes falla, el acordeón del Lugo desafina. Eso fue lo que sucedió en el Tartiere, que, sin embargo, tuvo que esperar para ver los tres puntos en su casillero.

Los rojiblancos asumieron el intercambio de golpes y Ramón Azeez aprovechó la enésima asistencia de Nicolás Albarracín para devolver la igualada. El conjunto amurallado había hecho lo más difícil: adelantarse y reponerse ante un doble mazazo rápido, de los que van directos a la mandíbula. Y aún así no fue suficiente, porque con la defensa baja este equipo resiste peor. El tercer tanto ovetense, el de la victoria, llevó el sello de Aarón Ñíguez, que remató con la derecha a quemarropa un balón bombeado que le puso Mossa.

Ver esa jugada duele. Uno espera que el árbitro pite fuera de juego. Cuando el fútbol se vuelve voleibol evidencia que el púgil se había levantado ya herido. Y eso fue lo que le pasó a un Lugo que, a pesar de la descomposición, no ofreció una imagen pusilánime. Fue preso de unas circunstancias que no buscó y de un cambio brusco de guión al que deberá acostumbrarse ahora que está arriba. El Lugo espera coger al Ogul de la segunda parte y encerrarlo, como al gemelo maligno, para que no salga en mucho tiempo.

Las notas, por Javi Folgueira

Juan Carlos, 6. Poco trabajo, pero bien hecho

Leuko, 3. Bien en las incorporaciones al ataque, pero su banda fue por donde entró casi todo el peligro. Acusó jugar con una amarilla que se pudo haber ahorrado

Bernardo, 4. Falló en la cobertura a Leuko y tal vez pudo hacer más en el tercer gol.

Miquel, 4. Aunque estuvo bien y atento al corte, tuvo algún que otro despiste importante.

Luis Ruiz, 7. El único aprobado de la defensa hoy. Muy bien en ataque y defensa.

Seoane, 6. A buen nivel, un poco más bajo que en otros partidos, pero nos tiene muy mal acostumbrados.

Campillo, 7. A buen nivel, pero muy bien tapado por la defensa del Oviedo.

Fede Vico, 9. El mejor del Lugo. Dio varios pases claros de gol de gran calidad. Lástima que solo uno llegó a transformarse.

Herrera, 7. Bien combinando con los medios en la primera parte. Más apagado en la segunda, como todos.

Polaco, 8. Mereció el gol y casi lo tuvo en dos ocasiones. Peleón y combinativo, su mejor partido en Lugo hasta la fecha.

Albarracín, 7. El único que creó peligro en la segunda parte. A muy buen nivel, como siempre.

Sergio Díaz, sin puntuar. En palabras del compañero Borja, juega con la misma parsimonia que si fuésemos ganando 5-0. Pero sería injusto puntuarlo con tan pocos minutos.

Mario Barco, sin puntuar. Solo tuvo 5 minutos.

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1 Comment

Carba 8 noviembre, 2017 at 11:54

El Oviedo fue superior y claro vencedor. 2-4 debería aver sido el resultado justo.

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