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El capitán inalterable

por Colaboración 4 julio, 2017
Manu, durante una celebración de un gol hace dos temporadas | Foto: Xabi Piñeiro.

Por Francisco Iglesias

Hoy muchos nos subimos a la silla. Lo hacemos con decisión, sin atisbo de duda, sin temer consecuencias, desoyendo a los que esgrimen estadísticas y modelos de negocio y escupen argumentos basados en hojas de cálculo desprovistas de vida. Hoy muchos nos subimos a la silla para gritar: “¡Oh capitán, mi capitán!”, como un mantra que mitigue el dolor por perder algo que nos ha proporcionado demasiados momentos de gozo como para ser olvidado.

Manuel Rodríguez Morgade jamás será Robin Williams. No lo verás esbozar muecas y chistes fáciles en público. No era un tipo abierto y extrovertido en los últimos años. No encaja en el carácter del personaje de John Keating en esa maravilla que es El club de los poetas muertos. Quizás se parezca más al profesor recto, de vara en la mano y gesto serio.

Pero Manu jamás será eso. Su legado ha generado tantas alegrías y emociones que su lugar en la historia de una pequeña ciudad del norte, con una muralla de 2.000 años de antigüedad, solo permite sonrisas, la piel de gallina y el vello erizado en la nuca. Porque el fútbol trata precisamente de inocular sensaciones. Al menos para los que lo viven como parte de la vida, no como un negocio millonario o un trabajo rutinario.

El aficionado no quiere ser el director de la Welton Academy, quiere ser Robert Sean Leonard, Ethan Hawke o Josh Charles leyendo una novela prohibida, viendo una película en el autocine o dando su primer beso en el asiento de atrás. A la grada le interesa vivir un triunfo en el noventa, celebrar un título o un ascenso y tener ídolos en los que fijarse y soñar que igual, si la vida no fuese tan perra, serían ellos los que saltasen al césped con el brazalete bien apretado.

Todos hemos utilizado nuestro Photoshop mental para cambiar su cara de euforia por la nuestra

Porque todos nos hemos puesto en el lugar de Manu alguna vez. Nos hemos ajustado las medias, hemos respirado, tomado carrera y golpeado el balón para batir a Aulestia. Hemos utilizado nuestro Photoshop mental para cambiar su cara de euforia por la nuestra, sus brazos al aire por los nuestros, sus lágrimas por las nuestras, su esfuerzo en el carril izquierdo por el nuestro.

Todos hemos sido Manu alguna vez jugando más de 80 partidos seguidos, sin descanso, con igual rendimiento y profesionalidad. Todos hemos sido Manu subiendo y bajando el costado zurdo del Ángel Carro, con paso firme y velocidad de crucero para meter un centro con rosca. Todos hemos sido Manu sufriendo a De Coz y Ferreiro en el Carranza, pero también martirizando a las defensas contrarias y marcando desde los once metros para ganar el primer partido en Segunda 20 años después.

Todos hemos sido Manu alguna vez, para alabarlo y ponerlo a parir, para llorar con él, para rezar porque estuviese con nosotros y no contra nosotros, para sentir que el vestuario estaba en buenas manos, para pensar que no había mejor capitán del Lugo, aunque fuese medio suizo y medio ourensano.

Que fuese algo esperable no mitiga la mezcla de tristeza y nostalgia e inmenso agradecimiento

Todos hemos sido Manu en lo bueno y en lo malo. Cuando estaba bien y el Celta o el Tenerife acudían a su puerta con buenos contratos. Cuando sufríamos una pérdida que no se produjo por quedarse en el club que siempre será el suyo. Pero también lo hemos sido cuando se ha sentado en el banquillo y en la grada. Porque eso es lo que nos pasa a cualquiera de nosotros, con los altibajos cotidianos para sonreir o maldecir en un instante.

Hoy duele ver al gran capitán sin la rojiblanca sobre la piel. Era un momento que llegaría. Su rendimiento no era el de antes. Demasiados kilómetros sobre el césped, demasiado sudor derramado, demasiadas patadas en las piernas, demasiados golpeos de balón, demasiados entrenamientos sin parar, demasiados viajes en autobús al quinto pino, demasiada implicación y amor por los colores que ahora serán otros. El peso de la edad que no perdona, como nosotros no podemos hacer un kilómetro por debajo de 4.20 o la resaca que se curaba después de la siesta ahora dura tres días.

Que fuese algo esperable no mitiga la mezcla de tristeza, nostalgia e inmenso agradecimiento para un tipo ejemplar y  querido como pocos. Una gratitud absoluta para una década mágica al lado del Miño. Diez años en un mismo club, algo inaudito en el fútbol negocio en el que estamos instalados.

Sin embargo, el adiós en el césped de Manu no lo será en nuestra memoria ni en nuestro corazón, al lado de los puños en alto de Alvite o de la patada en los cataplines a Japón Sevilla. Porque allí no hay contratos ni renovaciones. Allí, el que se gana su permanencia lo hace de forma inalterable, inalienable, sin cláusulas de rescisión ni despidos improcedentes. El que reside en ese terreno lo hace a cal y canto, sin fisuras. Porque ese es el espacio de las emociones y los sentimientos. Ahí es donde Manu siempre será eterno. Y señores, ese espacio no se mide con nada, solo se disfruta. Muchas gracias capitán! Hasta siempre y a sus órdenes.

Foto principal: Manu, celebrando un gol con sus compañeros hace dos temporadas – Xabi Piñeiro Lugoslavia. 

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